sábado, 20 de julio de 2013

Buenos Aires Service



La mujer me abrió la puerta con la inminencia del mediodía en la expresión, un batón de sintético antiarrugas, floreado verde y blanco y una operación de oferta debajo de los párpados.
 
—Es la heladera —dijo—. No me lee los huevos.
 
Nos paramos en el punto fijo. Ella ordenó “Configuración Cocina”. Insistió un par de veces cambiando la modulación: “Configuración Cocina”. “Configuración Cocina”. Finalmente la casa reconoció la orden. Esperamos en medio de un silencio incómodo que aquella habitación de dos por tres operara su chirriante transformación de “modo living” a “modo cocina”. Finalmente, una voz fría de mujer ordenó desde el parlante “Configuración Cocina: Asegurada”
 
Allí estaba la heladera, junto a una mesada de símil mármol, frente a una ventana de pantalla 3D que mostraba unos patos en una laguna.
 
—¿Demorará mucho? A las 12:30 llegan los chicos y tengo que estar en “comedor” con la comida lista.
 
—Todo depende de cuanto tarde en detectar el problema, señora.
 
Apoyé la valija de instrumentos sobre la mesada y comencé a interrogar a la mujer sobre los detalles del desperfecto. Siempre he pensado que la mujer está, por naturaleza, impedida de explicar un estado de cosas prescindiendo de la historia que lo llevó hasta allí.
 
—Me di cuenta anteayer, cuando saqué el quinto huevo —comenzó—. Tengo configurado en cinco el stock mínimo de huevos de la heladera, de modo que deberían haber aparecido en el reporte de reposición de ayer a la mañana; pero nada. Saqué un huevo más y nada. No aparecían. Quité todos los huevos, los volví a guardar, modifiqué el stock mínimo, pero nada de nada. No aparecían de ninguna manera en el reporte porque siquiera se actualizaba el stock físico. Es evidente que no lee los huevos. Hoy, después del desayuno probé de nuevo. Tuve que lavar unas cosas que me quedaron de anoche, porque ya era tarde y tuvimos que poner “dormitorio”…
 
—Está bien —interrumpí—. Déjeme ver.
 
Extraje un huevo del refrigerador y lo observé con cuidado. No parecía haber problemas con la grafía del código de barras, pero mejor sería verificar el caso. Abrí la valija de instrumentos, desenrollé la lámina con el teclado y me dispuse a verificar la lectura del código de barras en el ordenador. Rápidamente comprobé que mi lectora tampoco reconocía el condenado huevo de gallina.
 
—El problema no es la heladera señora, sino el huevo. El código de barras es de alguna manera defectuoso y el sistema de lectura de productos no logra registrarlo.
 
—Ah. ¿Y no estarán vencidos?
 
—No lo creo. El problema del código no tiene nada que ver con eso. Seguramente se trata de una mutación en la gallina ponedora.
 
—¿Pero cómo? ¿La gallina pone huevos con código de barra y todo?
 
—¿Y por qué no? ¿La gallina transgénica? Tranquilamente. Los ingenieros desarrollaron un código genético que induce un moteado exactamente igual al código de barras que tenemos para el huevo de gallina. Hay una cepa nueva que se implantó hace un año y medio, más o menos. La idea se está usando mucho en huevos, frutas y verduras. Pero yo no sé…
 
Me detuve porque no quise abrumar a la mujer con mis sospechas respecto a las filtraciones de radiación de las cúpulas, que si bien ya eran vox pópuli , aún no se habían admitido oficialmente. Si el exceso de radiación estaba aumentando la frecuencia de mutaciones en las gallinas y otros orgánicos, también nos debía estar afectando a nosotros, como yo pensaba desde hacía tiempo.
 
Dejé el tema allí y cerré la valija.
 
—¿Cuánto le debo? —dijo, en cierto modo aliviada por la velocidad del trámite.
 
—Son ce treinta y efe señora.
 
—¿Ce treinta hexayuanes? ¡¿Por mirar un mísero huevo?!
 
—Ce treinta y efe, señora. Y no es solo mirar el huevo. Hay que saber que el problema puede estar en el huevo, hay que tener el dispositivo para la comprobación ¿Usted sabe cuanto cuesta esta valijita?
 
Rezongó un poco más.
 
—Este mes ya se me vació la tarjeta —dijo.
 
Me dio ce cuarenta en billetes y me reclamó el yuan de vuelto con seriedad.
 
—Porque ustedes siempre se quedan con la monedita —protestó mientras esperaba, inmóvil, atrincherada detrás de su palma vacía.
 
Me largué de allí. Descendí por la escalera. Eran solo tres pisos. Los ascensores de esos edificios hacinados no se pueden pescar jamás.
 
Salí a la calle. El aire no se podía respirar. Hacía tiempo que el sistema de ventilación de la ciudad estaba saturado. Miré hacia arriba y me quedé observando la cúpula inconmensurable, con su pantalla de cielo tridimensional disimulando el encierro, enrarecida por el smog que ya formaba una nube en el centro de la inmensa bóveda. Llenando el espacio, una horda desprolija y neblinosa de aerotores zumbaba como moscas del estiércol, ignorando frecuentemente el violáceo holograma con el trazado espacial de rutas. Buenos Aires se revolcaba en su hervor de las doce dentro de la cúpula. La querida y odiada cúpula que nos permitía vivir en este mundo contaminado hasta la saciedad. La peligrosa y sospechada cúpula, cuyo poder de aislarnos de todo mal sembraba cada vez más dudas. La cúpula vital, cuya salud era nuestra salud y su enfermedad nuestra enfermedad. En este absurdo recoveco de la historia que me había tocado en suerte, una cúpula tiznada era la vida, y el cielo era la muerte.
 
Vivíamos debajo de las cúpulas hacía unos ciento veinte años.
 
Después de la crisis del petróleo, todo el parque de producción de energía se recostó sobre las usinas nucleares. Había uranio para muchos siglos y, por lo tanto, teníamos tiempo para pensar en algo mejor. Pero con el aumento del número de reactores instalados, se incrementaron también los pequeños accidentes. Nunca nada importante. Una fuga menor por aquí, otra por allá. Nada que no pudiera arreglarse con un poco de alambre. Cuando el número de reactores llegó a cien mil, se hizo evidente que la contaminación atmosférica global pronto rebasaría los límites de seguridad. Hubo una crisis política, los ecologistas llegaron al gobierno en casi todas las naciones desarrolladas y luego de la Convención de las Naciones Unidas para el Problema Radiactivo del año 2149, se llegó a la conclusión de que los reactores no se podrían detener sin una crisis económica inmediata, que la atmósfera no se podría descontaminar de ninguna manera razonable y que lo único que quedaba era mitigar los efectos de la radiación mediante protección antirradiactiva.
 
Así surgió la idea de las cúpulas. Los “verdes” abrazaron el proyecto y posiblemente también las acciones de un puñado de empresas “cupuleras” que se enriquecieron de la noche a la mañana. Toda región donde vivieran humanos o se produjeran alimentos se confinaría debajo de cúpulas antiradiactivas. Una vez hecho esto, la presión sobre la seguridad de las centrales nucleares se relajó, los desperfectos y accidentes se hicieron más frecuentes y rápidamente la atmósfera se tornó inhabitable.
 
En los mediodías, las veredas eran un infierno. Sobre las inmóviles cintas transportadoras que alguna vez funcionaron, discurría una colmena de humanos ajetreados, apretujados unos contra otros por obra y gracia de su implacable frenesí reproductor. Me inyecté en la caravana a fuerza de empujones y emprendí el regreso hacia el estacionamiento de aerotores de Perón 43. En el trayecto pude ver la legión de mendigos aplastados contra las paredes con sus viejos posnets inalámbricos apenas extendidos, con la esperanza de que alguno de los autómatas que éramos, arrastrara su tarjeta por un yuan. Eché en algún bolsillo de limosna una moneda de dos, y seguí la marcha imbuido de un bienestar incomprensible.
 
El estacionamiento estaba atestado de aerotores en levitación, dispuestos en su arreglo tridimensional ortogonal. Levité hasta mi aero contando pasillos, hileras y niveles. Una vez allí, pude ver que mi cubo tenía obturadas las seis direcciones de salida y no sería posible sacar la máquina. Es norma dejar libre la salida hacia arriba, pero un vehículo había quedado cruzado con algún desperfecto. Un hombrecillo chiquito y obeso se afanaba transpirado debajo del motor.
 
—Si no le doy una mano me quedo a vivir aquí —le dije con una mezcla de generosidad y fastidio.
 
El individuo se incorporó con su rostro engrasado y sudoroso y nos miramos un momento, flotando en el metro 35.
 
—Se detuvo justo aquí y no quiere arrancar más.
 
Sin decir palabra, abrí mi aero y desplegué la valija de instrumentos sobre el asiento.
 
—Déjeme ver un poco.
 
Me situé en la cabina de su viejo “avioncito” e intenté dar arranque. Enseguida resultó evidente que la plaqueta de arranque no entregaba señal. La extraje con cuidado y me dispuse a controlarla con mi equipo.
 
—Se le “pinchó” el confinador de coherencia, Jefe —le dije gritando sobre mi hombro—. No le llega superposición de estados a los inyectores.
 
—Ahá —dijo.
 
Todos los técnicos tenemos claro que no nos entienden un cuerno. Pero nos gusta.
 
—¿Y se puede arreglar? —agregó.
 
—Va tener que cambiar la plaqueta. Cuesta un ojo de la cara.
 
—¿Y no se puede arreglar? —repitió, ahora con alguna connotación emocional.
 
—Las venden reparadas, pero no se las recomiendo. Les agregan unos microimanes para emparchar el confinador, pero la coherencia cuántica le dura lo que un pedo en un canasto.
 
—Qué cagada —reflexionó.
 
—Yo ahora le voy a dar señal con mi equipo para que pueda llegar a su casa —pensé y dije. Y sobre todo y fundamentalmente para que me despeje la condenada salida, pensé y no dije.
 
Salí del estacionamiento hacia arriba y me inyecté en la Evita 32. Miré el localizador de la consola para elegir la ruta. No había muchas alternativas. La Evita 12 había entrado en turbulencia de aerotores y era un empaste de vehículos inmóviles flotando. Las turbulencias de tránsito siempre me han resultado curiosas. Se trata de un conjunto de vehículos que ingresan en un loop inevitable de esquives mutuos, apartándose de los trazados en una trayectoria espiralada que muere en un centro del que solo se puede escapar hacia arriba o hacia abajo. Cuando ambas salidas están obturadas, se producen colisiones, muchas veces masivas. No tenía más opción que subir por la Perón 78, pero a lo lejos podía divisarla como un volcán de diminutas partículas que ascendían como el tronco de un ombú monstruoso y lento. Resolví arriesgarme y doblé hacia allá, por Evita 16.
 
Hacía tiempo ya que todas las calles verticales se llamaban Perón y todas las horizontales, Evita; y para prevenir la evidente ineficacia del sistema, se había procedido a numerarlas. Era una consecuencia lejana y menor del régimen de partido único. Pero no debe creerse que el país estaba bajo el yugo de un gobierno dictatorial perpetuo. Muy por el contrario, dentro del partido convivían las más variadas posiciones, coincidentes todas en su ignorancia casi absoluta acerca de los próceres de la gesta del ’45. Por lo demás, y como si fuera una humorada de la historia, “perón” y “evita” ya se usaban en la jerga vulgar como simples sinónimos de “vertical” y “horizontal”.
 
Solo tenía que subir por la 78 hasta el metro 250, pero la columna de ascenso era tan espesa que demoraría cerca de 15 minutos en llegar hasta allí. Los congestionamientos perón son mucho más molestos que los evita, porque todo el peso del cuerpo descansa sobre el respaldo, cuando se sube, y sobre el arnés del pecho, cuando se baja.
 
De los diecisiete cañones que se habían diseñado para proyectar el mapa holográfico de aerocalles, solo se habían fabricado 12 y solo funcionaban cuatro, de modo que el trazado era tan tenue que resultaba difícil de distinguir cuando el cielo estaba soleado en la pantalla de la cúpula. Por lo general, la ciudad era un caos vehicular, y para resolverlo, los responsables de la Oficina de Tránsito estaban permanentemente modificando el sentido de las calles. Reprogramaban un sentido y uno tenía al instante el dato en la consola. Y era muy frecuente encontrarse transitando una calle que súbitamente cambiaba de mano, con el consecuente embate de aerotores de frente que generalmente avanzaban huyendo de una congestión.
 
Pero aquél mediodía, mientras padecía la parálisis de Perón 78, la telaraña holográfica parpadeó, cobró intensidad y luego se apagó completamente. Al instante, el espacio se tornó ininteligible y los vehículos, libres del corsé, se lanzaron a la caza de los huecos vacíos.
 
Yo me quedé inmóvil mirando como cientos de miles de vehículos rompían filas y se enredaban como una nube de insectos zigzagueantes llenando todo el espacio debajo de la cúpula. En unos segundos más, se intensificarían las colisiones y los avioncitos comenzarían a llover sobre las casas. Resolví bajar despacio hasta donde pudiera. Dejé mi aerotor flotando bajo un techo cualquiera y baje levitando lentamente hasta la acera. Mientras descendía pude ver las cuadrillas rojas de reparaciones viales, con sus luces y sirenas, dirigirse raudamente hacia uno de los enormes cañones proyectores.
 
No estaba tan lejos de casa. Eran unas quince cuadras a pie sobre calles peatonales atestadas de gente confundida y asustada. A poco de andar, el holograma comenzó a prefigurarse nuevamente. Habían logrado reparar un par de proyectores y, con un atardecer prematuro y tormentoso dibujado en la pantalla del techo, hay que decir que el mapa se veía. Dude entre seguir la caminata o volver a buscar el aerotor. Me di cuenta que el congestionamiento continuaría por un largo tiempo y seguí caminando.
 
Entonces se apagó el cielo.
 
La ciudad enmudeció y miró hacia arriba. Jamás había ocurrido semejante cosa. Crecíamos con el cielo de pantalla desde niños y eso era todo lo que habíamos visto allí durante toda nuestra vida. La cúpula siempre fue un cielo arriba de nuestras cabezas. Ahora la pantalla se había apagado y el real estado de la cúpula se hacía evidente con toda crudeza. La cúpula era un verdadero colador, plagado de diminutos orificios de diferentes tamaños por los que se filtraba desde el exterior una luz azul intensa y desconocida. Entre agujero y agujero discurrían unas grietas negras de evidente antigüedad, y el resto de la superficie dejaba ver un cuarteado irregular, como el suelo reseco de un desierto. Aquí y allá, encaramados en una infinita red de andamios y arneses se afanaban unos pocos hombrecillos diminutos y lejanos, vestidos de blanco de la cabeza a los pies, con su atuendo antiradiactivo, practicando soldaduras y demás tareas de mantenimiento que resultaban a todas luces insuficientes.
 
Quince segundos duró la visión de la cúpula ruinosa, luego se reestableció la imagen de un cielo maravilloso. Un aluvión de preguntas me asalto el pensamiento. ¿Desde cuando teníamos la cúpula en esas condiciones? ¿No deberían filtrarse las radiaciones nocivas por esos agujeros? Si así fuera ¿Por qué no se estaba muriendo la gente? ¿Existía allí fuera una atmósfera radiactiva o todo era un gran fraude?
 
Apenas el cielo se encendió nuevamente, la gente bajó sus rostros y reanudó su marcha. Algunos iban pensativos, otros ignoraron el episodio.
 
A mi derecha, una viejecita con una grande y pesada bolsa se quedó mirando el cielo. Tenía el rostro muy arrugado, tres hileras de pliegues debajo de los parpados, una cabellera rala y blanca, apenas peinada; el cuerpo chichito y encorvado en un armazón de huesos frágiles como el cristal.
 
Levantó la bolsa con una dificultad absoluta y la volvió a dejar en el piso. Desprendió del bulto el levitador de pesos y comenzó a agitarlo mientras presionaba sus botones caóticamente. Me miró y habló.
 
—Parece que se descompuso el levitador —dijo. Volvió a jalar de la bolsa y la volvió a dejar en el suelo—. A ver si al menos puedo llamar a mi hijo para que me venga a buscar.
 
Resolví ayudarla.
 
—Permítame —dije y tomé el levitador descompuesto.
 
Extraje la tapa trasera y pude ver que el indicador de energía del acumulador estaba casi en cero.
 
—Se olvidó de recargar las baterías señora —le dije.
 
—No puede ser. Lo tengo permanentemente cargando. Lo desenchufé antes de salir.
 
Por si acaso, abrí mi valija de instrumentos y verifiqué la carga. El acumulador estaba vacío. Afortunadamente, yo siempre llevaba acumuladores universales cargados como parte de mi equipo de service. Era muy frecuente que la gente reclamara mis servicios por un simple acumulador descargado.
 
Le cambié el acumulador al aparato y lo abroché a la bolsa.
 
—Prueba ahora, señora.
 
La mujer levantó la bolsa como si fuera un pluma.
 
—¡Gracias joven! Usted es un genio.
 
—No señora. Soy un simple técnico. Me especializo en estas cosas.
 
 
—Ah. Debe tener mucho trabajo. Las cosas se rompen todo el tiempo. Y las que no se rompen es porque ya están rotas.
 
Hizo un silencio de cinco segundos, luego miró hacia arriba.
 
—¿Esos eran agujeros? —dijo señalando el cielo.
 
—Sí, parecían agujeros.
 
—¡Qué barbaridad! ¡Nos vamos a morir todos! ¡Nos vamos a morir todos!
 
Se fue alejando hundida en el rezongo de su plegaria macabra, caminando despacito, encorvada, consumida, calcinada. Y me quedé allí, observándola marcharse, pensando que alguna vez habría sido joven y vehemente, y que su presente, apenas sustentado en la dudosa magia de las medicinas, era una metáfora del mundo.
 
Arriba, el émulo del sol ya brillaba en el cielo de la cúpula y una suave llovizna de luz nos bronceaba las vísceras.