domingo, 17 de febrero de 2013

Buenos Aires bajo el río



Este cuento fue publicado por AXXON el 11 de febrero de 2013. Consta de cuatro capítulos. Se brinda aquí el primero. Para la lectura completa puedes dirigirte a
donde te recomendamos además cliquear sobre las imágenes y observar en tamaño natural las maravillosas ilustraciones de Guillermo Vidal.
 
 
1. Elvira

Pisar el agua no es, en sí, desagradable; pero sí lo es despertarse, desperezarse, sentarse
en la cama y pisar el agua. Un agua que sube hasta los tobillos; un agua que no debiera estar allí; un agua marrón con basuritas en el lomo que hace olitas contra la pared y va dejando la marca, y sube y baja brevemente sobre la pierna y va ganando piel seca, carcomiéndola con ese frío de todas las aguas, y sobre todo de las que se acometen al despertar, al pie de la cama, inesperadamente. Un frío que de alguna manera profundiza y gana el hueso, subiendo por la tibia y el peroné hasta producirle a uno escalofríos en la espalda. 

Así me encontró aquella mañana; temblando de frío en pleno verano, con una confusión absoluta, atascado entre  el sueño y la vigilia, con los pies hundidos y unos vestigios oníricos que escapaban dejando esa sensación que nunca alcanza para reconstruir el sueño.

Reagrupé las naves, piernas arriba, y me quedé en la cama mirando el inhóspito paisaje de la habitación, inundada con diez centímetros de un agua marrón en todas partes; porque el agua nunca inunda la mitad del piso, se lo come íntegro la desgraciada, y moja todo a su paso. Moja y ensucia. Su naturaleza invasiva  ya había tomado la parte baja del placard, los zapatos, los bolsos, el cajón inferior de la mesa de luz y todas las cosas que moran debajo de la cama.

Hay que decir que las inundaciones son muy raras en un departamento de segundo piso, y siempre es difícil conjeturar acerca de las causas. ¿Un caño muy roto en el departamento nueve?, ¿una gotera tipo “chorrito”? Pero ¿por qué no se había escurrido el agua por la hendija de la puerta y, de allí, escaleras abajo? ¿Se habría obturado la puerta con algún trapo?

Sin salir de la cama, configuré una tesis acerca de la sarta de enseres estropeados en el resto de la casa. Cuando cerré los ojos para imaginar el desastre, el agua enloqueció. Súbitamente, el nivel subió medio metro más empapando la cama íntegra y toda mi humanidad, que abandonó la sosegada estimación de los daños para pegar un salto por puro instinto de supervivencia. El agua bajó hasta abandonar la habitación y volvió a subir en una suerte de oleaje que derribaba definitivamente la hipótesis del chorrito.

Salí de la habitación con ese paso teatral que se da evitando el agua cuando se ingresa en el mar; atravesé el comedor y levanté la persiana principal. Embistiéndome de frente, un cuadro dantesco me dio en los ojos: el agua inundaba el barrio entero hasta donde llegaba la vista, seis o siete metros por sobre el nivel de la calle. Los edificios asomaban como juncos en medio de un pantano y las casas desaparecían debajo de la sopa, dejando su impronta en un afloramiento de tanques y antenas distribuidos sin diseño. La superficie del agua rebanaba por igual la copa de los árboles, los postes de luz y las marquesinas más altas. Los cables de electricidad besaban el agua en el vértice de su catenaria, se elevaban hacia los postes y se abrazaban a los bornes con desesperación. Sobre los techos de los edificios, bandadas de palomas despegaban de tanto en tanto, efectuaban un vuelo circular y volvían al mismo techo con los picos vacíos y los nidos gimientes. Salí al balcón y me asomé a ambos lados para contemplar el paisaje de la calle inundada hasta el horizonte y por un momento sentí la belleza del desastre como un estremecimiento en algún rincón del alma. El amanecer era una gelatina gris que lo empastaba todo. Algunas caras en el edificio de enfrente eran un espejo de la mía. No había luz ni gas ni teléfono. La ciudad estaba muerta y su cadáver conservaba, como pulgas en el cuero de un perro agonizante, a un puñado de personas aturdidas que se preguntaban qué había ocurrido; un puñado de individuos solitarios que acababan de quedarse sin la rutina de la mañana.

En medio del cuadro, un sujeto en una lancha dobló la esquina y avanzó despacio parando en todas las ventanas (que ahora eran puertas al abismo) preguntando a viva voz:

—¿Necesita algo, doña? ¿Todo bien, abuelo?

Desde uno de los edificios de enfrente, un hombre le hizo señas. La lancha se acercó, solícita, y luego de varios minutos de ajetreo, bamboleo y más oleaje, un joven y una señora mayor subieron a bordo y la lancha se marchó remontando la avenida hacia el oeste. Detrás de la lancha, el pequeño oleaje de la estela removió cosas de las profundidades y, para mi gran sobresalto, un cuerpo surgió desde abajo justo frente a mi balcón y quedó flotando allí, a escasos metros de donde me encontraba. Era el cuerpo de una mujer obesa y blanca, que se mecía boca abajo, con el cabello lacio y negro que enseguida formó un abanico entorno a su cabeza. Tenía las piernas surcadas por várices de varios colores, que el movimiento del agua vestía y desvestía conforme bailoteaba su pollera. El cuerpo giró lentamente siguiendo el curso de una correntada casi imperceptible, ganó el centro de la calle y continuó desplazándose en dirección al centro. Creo que recién entonces, todos los que estábamos mirando comenzamos a tomar conciencia de las consecuencias del desastre.

La inundación había cubierto todas las casas y todos los departamentos de la planta baja y el primer piso. ¿Cuánta gente habitaba en ese estrato? ¿Dónde estaban todos ellos? ¿Cuán repentinamente había ocurrido aquello que ningún griterío de migración masiva me había despertado por la noche? ¿Qué habría sucedido con la parejita de abajo? ¿Y con la señora de los nenes chiquitos? Conforme preguntaba, la muerte se acercaba a las respuestas y las rondaba con ese permiso que otorga la ignorancia. Muchos no habrían podido salir a tiempo, muchos habrían quedado atrapados en la masacre del parque automotor. Muchos muertos, muchos cuerpos, y un agua de río que se iría pudriendo con los días.

Abandoné la ventana balcón. Inspeccioné la casa en una recorrida desgarbada y por fin me dirigí a la puerta. Salí al pasillo común del edificio, chapoteé hasta la escalera. Cierto escalofrío me sacudió la nuca al ver que el tramo de bajada había desaparecido por completo debajo del agua turbia. Enfilé hacia arriba. Sentí un alivio al pisar el suelo seco. Un aire de normalidad invadía el pasillo del tercer piso, con su cantero y su ventana angosta y alta de vidrios esmerilados, y su luz suave que traía ese brillo acogedor de las mañanas. Dudé un instante y llamé a la puerta del departamento nueve. Allí vivía Elvira, una señora mayor, muy amable, con la que realmente no tenía mucho trato. Confiaba que ahora la desventura nos acercaría. Luego de unos minutos, se escuchó su voz cascada detrás de la puerta.

—¿Quién es?

—Soy yo, Elvira. Fernando, del cinco.

—Ah, Fernando —dijo la mujer sintonizando lentamente en la memoria—. Sí, Fernando, esperame un minutito que ya te abro ¿eh? —y pasaron varios minutos más hasta que la llave comenzó a crujir al otro lado de la puerta.

Elvira tenía una bata de cama que le llegaba hasta los pies, el cabello muy blanco insuficientemente conjurado con un hormigueo de hebillas muy negras y el rostro más avejentado que de costumbre.

—Hola, Fernando. Qué temprano que te levantaste hoy. Parece que no tenemos luz.

Enseguida entendí que la anciana ignoraba por completo lo que estaba ocurriendo. Su vida estaba a punto de cambiar radicalmente, de dar un paso grande hacia el infierno, y yo era el emisario del demonio.

—Pasá, pasá, nene. No anda la luz. Sentate un minutito que voy a levantar las persianas —dijo. Y luego de semblantearme de cuerpo entero, agregó—¿Qué te pusiste? ¿Te viniste en calzoncillos?

Me quedé como un estúpido, parado en medio del comedor sin decidir si hablar o sentarme a esperar que la mujer levantara la persiana y el desastre se mostrara por sí solo; y todo eso mientras comprobaba que, efectivamente, con semejante mañanita me había olvidado ese detalle de vestirme antes de salir. Finalmente no hice nada. Al momento estaba Elvira petrificada frente a la ventana, muda, con los ojos muy abiertos y los labios en leve “o”, viendo como el Río de la Plata discurría mansamente frente a su departamento de Avenida Rivadavia, entre Floresta y Flores. A continuación, comenzó a invocar en voz baja a una legión de santos y vírgenes que iban cambiando de nombre conforme viraba la vista de aquí para allá.

Abajo, en el río, dos chicos muy pequeños flotaban dentro de una piletita inflable muy cerca de unos cuerpos dislocados que ya empezaban a nutrir la superficie. El más grande tenía unos siete u ocho años y trataba de impulsar la improvisada barcaza hacia delante, desde el centro hacia el oeste suburbano. El más chico estaba recostado, con su manito cacheteando el agua, dotado de una alegría patética. Alguien los señaló desde el edificio de enfrente. Se armó un pequeño alboroto y finalmente un hombre mayor, corpulento y al parecer bastante atlético se zambulló de cabeza y salió a nado a cazar a los pibes. Al rato, ya estaban los niños envueltos en sendos toallones, observando la calle desde una ventana.

La vieja, que estaba absorta mirando todo como si fuera la novela de las tres de la tarde, volvió en sí despacio y se metió adentro.

—¿Qué pasó, nene? —preguntó.

—Parece que se inundó la ciudad, Elvira —respondí.

—Ah… ¡Qué barbaridad!

—Terrible.

Elvira se quedó un rato más mirando por la ventana mientras yo me preguntaba por qué razón las personas dialogamos aún cuando no tenemos nada que decirnos, y reflexionaba sobre el modo en que esta práctica irreprimible suele pauperizar la calidad del discurso resultante hasta los límites de la estupidez.

—Y parece que va a seguir lloviendo —agregó, ahora mirando el cielo con las manos en la cintura. Evidentemente, Elvira había abrazado una teoría equivocada respecto a la causa del desastre. Resultaba claro que la subida de nivel del río debía continuarse en el mar porque de lo contrario no había forma de explicar unas aguas tan mansas, casi sin corrientes definidas. Esta inundación debía ser algún tipo de catástrofe mayúscula. Pero no me pareció pertinente corregir a la anciana cuando me hallaba en su casa, con la vida hecha añicos y la osamenta en calzoncillos, mojados, además, y obstinadamente adheridos a las cosas que hay debajo.

Tomé de la mano a Elvira y la conduje hacia una poltrona vieja que estaba justo frente al televisor.

—Venga, siéntese un minuto —le dije, mientras giraba el sillón hacia la mesa ratona. Me senté frente a ella y me incliné hacia delante para hablar.

—Lo que ha ocurrido es una terrible desgracia, Elvira. A juzgar por lo que veo, Buenos Aires íntegra se ha inundado. Tal vez millones de personas hayan resultado afectadas. Tiene que haber muchos muertos. Ya ha visto usted algunos cadáveres flotando en el río. Esto es un desastre sin parangón. No sé qué harán las autoridades al respecto, pero es seguro que sin ayuda no vamos a poder salir de aquí. Y es muy posible que la ayuda tarde en llegar porque los afectados son muchos.

— ¿Y el gastroenterólogo? —interrumpió—. Yo esta tarde tenía turno con el gastroenterólogo. ¿Cómo voy a hacer ahora para ir hasta allá? Con tanta agua no debe haber colectivos. ¿Sabés? —dijo, bajando la voz—. Hace varios días que no voy de cuerpo. El me da unas pastillitas para el tránsito intestinal que son muy buenas. Son unas pastillitas amarillas que tengo que tomar después de las comidas. Ahora no sé que voy a hacer, porque las pastillas se me acabaron hace tres días y necesito la receta del doctor. Sin receta no te las venden. Al menos el de la farmacia de acá no te las vende —negó con el índice—. Anoche me tuve que tomar algo porque no daba más. Me sentía hinchada como un sapo y no me podía mover. Además, si pasa mucho tiempo, después se te hace un bolo fecal y tenés que ir a que te lo saquen. Una vez me pasó.

Elvira hablaba lento y con ese acento de película de Enrique Muiño de la década del ‘50. Siseaba un poco debido a las ausencias dentales. Debía tener ya más de ochenta años y su edad se hacía evidente en su discurso, en los colgajos de su antebrazo, en la crispación de sus falanges, en las manchas de las manos y en los innumerables pliegues de su rostro.

Me rasqué la cabeza mientras progresaba su parsimoniosa descripción del procedimiento de extracción del bolo fecal, al tiempo que detrás de ella, el ventanal mostraba el tránsito de una curiosa embarcación improvisada con una caja de camioneta o algo así. Estaba repleta de enceres embalados en bolsas de nylon, algunos muebles, un colchón enroscado y cuatro o cinco muchachos que trataban de hacerla progresar en medio de un griterío de indicaciones cruzadas, imperativas, monosilábicas, y plagadas de insultos utilizados como muletilla.

—Escúcheme un poco, Elvira —resolví interrumpirla—. El gastroenterólogo debe estar tanto o más inundado que nosotros, si es que no se ahogó —la vieja se persignó y musitó una plegaria breve—. La farmacia está bajo el agua y debe ser muy difícil conseguir medicamentos en medio de este desastre. Yo le aconsejo que no se preocupe ahora por su constipación porque no sabemos qué vamos a comer cuando se nos acabe lo que tenemos, ni qué agua vamos a tomar cuando se vacíen los tanques del edificio. Yo, personalmente, no tengo siquiera dónde dormir, porque cada vez que pasa un bote, el oleaje hace subir el agua hasta acá —indiqué unos ochenta centímetros con la mano—. Justamente por eso la vengo a molestar. Quería pedirle refugio por unos días hasta que vea qué hago.

Largos segundos después Elvira dio señales de entendimiento.

—¿Vos decís, quedarte acá?

—No tengo dónde dormir. Es por unos días, nada más. Toda mi familia está en Misiones, mis compañeros de la carpintería no sé cómo estarán, supongo que tan desesperados como yo. El taller se inundó, seguro que se inundó. En fin, Elvira, mi única salida es encontrar ayuda aquí en el edificio; y como usted vive sola, pensé que no tendría inconvenientes. Además, puedo ayudarla con todo lo que habrá que hacer dada la situación.

La anciana se quedó muda, imaginando, tal vez, las instancias de su convivencia conmigo. Cuando rompió el silencio dijo:

—¿Y vas a andar así, en calzoncillos?

Bajé la cabeza y me miré la prenda.

—No, no. Esto es una eventualidad. Tuve que saltar de la cama porque el agua la tapó íntegra. Imagínese, cuando vi lo que había pasado, salí al pasillo sin darme cuenta de nada.

—Yo vivo sola desde hace veintidós años, cuando falleció Francisco. Veintidós años y cuatro meses ya. Él tuvo un tumor en la garganta que lo fulminó en dos semanas. Fumaba mucho. Yo le decía: “Francisco, no fumes más que el cigarrillo te va a matar” pero él siempre contestaba: “Morir, nos vamos a morir todos; pero es mejor morir después de haber vivido”. Y seguía fumando. Hasta que se murió nomás. Porque no me hizo caso… Veintidós años hace ya… Veintidós años y cuatro meses.

Elvira recordaba con la mirada incrustada en medio del aire como si una pantalla invisible proyectara ante sus ojos imágenes lejanas de su vida pasada. Finalmente, me miró.

—Y ahora vos me decís de venirte acá. No sé. Creo que no me acostumbraría.

—Mire, usted no tiene que acostumbrarse a nada porque van a ser unos días nada más —mentí—. Pero, además, para usted va a ser imprescindible que alguien la ayude. Piense en esto: se le acaba la comida en la heladera ¿qué hace? La feria no va a estar más, porque la armaban en la calle; el supermercadito está inundado y con toda la mercadería arruinada; lo mismo la carnicería. ¿Entiende? Usted sola no podría siquiera conseguir algo para poner en la heladera.

—Ah… ¿Y vos cómo vas a hacer?

Y yo no tenía la menor idea, maldita sea. Mi único objetivo era convencer a la vieja para que me tirara un colchón; recalar en algún sitio decente hasta ordenar las ideas. Y más allá de los problemas de abastecimiento, el departamento de Elvira estaba intacto, sequito, precioso.

—Voy a tener que conseguir algo que flote y remontar Rivadavia para el lado de Liniers. En algún momento tienen que aparecer zonas secas, con negocios y todo —yo estaba pensando mientras hablaba—. Con tal de que podamos conseguir un poco de carne y verdura…

—Fijate que esté linda.

—…y agua también. Se pueden traer bidones para el consumo y tratar de usar el agua del río para todo lo demás…

—Yo tomo la de “Manantiales de Mendoza” porque las otras me secan de vientre.

—Además, vamos a tener que ver qué hacemos con el sanitario, porque es seguro que el sistema de cloacas ya no funciona. Seguramente el inodoro no se va a poder usar…

—Bah. Yo ya casi no lo uso.

Hice un silencio largo para ir cerrando la idea.

—Son muchas cosas, Elvira, y usted no va a poder sola con todo. Pero no se preocupe porque aquí estaré yo para ayudarla y a usted no le va a faltar nada.

—Gracias, Fernando. Es una suerte que estés vos; yo no sé cómo haría.

—Lo único que necesito es un lugarcito para tirar un colchón. ¿Qué hay en esa habitación?

El departamento tenía un ambiente principal y dos habitaciones más. En una de ellas dormía la anciana. Yo preguntaba por la otra. Abrí la puerta con cuidado hasta que la sentí chocar contra algo, al otro lado. La habitación estaba repleta de muebles viejos cubiertos de polvo. Dos mesas grandes y una selva de sillas y sillones invertidos apoyados sobre ellas, todo en roble lustrado. Atrás asomaba un aparador en el mismo estilo y varios muebles más, amontonados aquí y allá de un modo tan abigarrado que resultaba difícil ingresar al recinto

—Son los muebles de la casa de mamá —dijo Elvira—. Cuando falleció tuvimos que vender la casa y ¿qué íbamos a hacer con estos muebles tan finos? Los trajimos para acá. Me acuerdo lo que nos costó subirlos. Cómo protestaba Francisco… Pero no los íbamos a tirar, si son carísimos.

Yo me di la vuelta y comencé a buscar un sitio en el comedor.

—Si corremos un poco este sillón, aquí cabe un colchón perfectamente, Elvira. Durante el día lo sacamos y lo escondemos en la habitación de los muebles. ¿Qué le parece?

La vieja hizo silencio y miró con cara de asco el sitio de la idea.

—Entonces vos decís quedarte acá —preguntó afirmando.

—Es lo mejor para los dos.

Elvira se dio vuelta y se marchó a la cocina.

—No desayunamos nada. ¿Querés unos mates?

—Me encantaría.

Dejé a Elvira preparando el mate y me fui al departamento a vestirme, y a traer algunas cosas, incluyendo ropa, un colchón enrollado que guardaba en la parte superior del placard y todos mis ahorros.

Cuando regresé, me encontré a Elvira realmente preocupada, los ojos grandes y las cejas hasta el cielo.

—¿Cómo voy a calentar el agua, nene, si no hay gas?

Conforme comenzaba a ejecutar su rutina, Elvira descubría la real magnitud del problema.

—¡Tiene razón! Pero no se preocupe, podemos improvisar una parrilla en el balcón. Algo así como una cocina a leña.

Elvira dudó.

—¿Y de dónde vamos a sacar la leña?

En su mente aturdida, las carencias comenzaban a aflorar de una en una, como cachetadas de una realidad que empezaba a pegarle en la cara, y esto era suficiente para saturar su capacidad de adaptación. Por un momento imaginé que el imperativo de armar una vida nueva a los ochenta años debía ser como si a uno lo abandonaran en la Luna.

Yo miré de soslayo la habitación de los muebles viejos.

—No se preocupe, Elvira —le dije—. Leña conseguimos.

 

Hacia media mañana, algunas embarcaciones comenzaron a recorrer las aguas de la avenida Rivadavia. Era un espectáculo curioso verlas allí. Pequeños botes y veleros, seguramente desbaratados en los puertos luego de la crecida, habían sido capturados y rápidamente domesticados por individuos de la más diversa calaña, ignorantes hasta entonces de sus habilidades para la piratería de pequeña escala.

Desde la mañana del primer día hasta dos semanas después de la inundación, helicópteros y aviones recorrieron los cielos de la ciudad emitiendo por altoparlantes diversos comunicados a la población. La recomendación, en resumidas cuentas, era no autoevacuarse y esperar a las cuadrillas de socorro. Durante ese mismo lapso, embarcaciones de la Prefectura y otras tantas menos oficiales transitaron la avenida instando a la gente a abandonar sus hogares y a marchar hacia tierra firme. En este punto, debo decir que no me fue posible sacar a Elvira de allí. La vieja no quería irse y al segundo día de discusiones se metió en la cama aduciendo todo tipo de dolencias improbables que sus mismas actividades contradecían a poco de haber sido esgrimidas.

La mayoría de la gente quiso huir y se marchó con las cuadrillas de salvataje. Pero muchos permanecieron en sus casas y, con el correr de los días, una lenta y progresiva actividad comenzó a enhebrarse entre los despojos de la Buenos Aires sumergida.

Hacia la tercera semana las cuadrillas cejaron, los helicópteros y aviones abandonaron sus esfuerzos y nada más fue visto en el aire hasta tiempo después, cuando otros objetos más extraños comenzaron a surcar los cielos con frecuencia creciente.

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