lunes, 18 de junio de 2012

Una escena en Gödelia



—Estamos llegando a reemplazar un oso por un perro —dijo el sujeto, y azuzó a la yunta de caballos.
Como en casi todo el trayecto, la frase carecía de sentido.
—Eso es bueno, los perros son más mansitos —comenté para no dejarlo tan solo en su delirio.
El hombre me volvió a mirar de reojo, conjuró un leve gesto de fastidio y aclaró.
—“Reemplazar un oso por un perro” es el nombre del pueblo al que estamos llegando.
Siempre había que tomarse unos segundos para interpretar lo que decía. Su discurso, sintácticamente impecable tenía sin embargo una semántica enrevesada y muchas veces ininteligible.
—Vaya nombre para un pueblo —dije, y me quedé buscando el caserío entre el devenir de las lomadas.
—Es el nombre más común del mundo. Es como llamar Rubia a una rubia o Negro a un negro.
Hablaba mirando la lejanía mientras guiaba el tiro de la carreta.
—En “Reemplazar un oso por un perro”, la gente se pasa la vida reemplazando un oso por un perro. No podría, entonces, existir un nombre más común para este pueblo.
Algo enrarecía la frase una vez más. ¿Se pasan la vida reemplazando osos por perros o un único oso por un único perro? Lo primero tenía más sentido, pero en el fondo, la frase decía lo segundo.
—Con esa práctica, ya no deben quedar osos en la región —arriesgué.
—Nunca ha habido osos por aquí.
Creo que el sujeto realmente ignoraba que estas acotaciones me dejaban sumido en una crispación del intelecto que oscilaba entre el intento de resolver el enigma y la duda acerca de su inescrutable cordura.
Resolví dejar de lado la actitud timorata de quien supone que no está entendiendo lo evidente, para impactar de plano con la lógica de Aristóteles.
—Si nunca ha habido osos —lo increpé— ¿Cómo es que se pasan la vida reemplazándolos por perros?
El hombre detuvo la yunta, se acomodó en el banquillo apuntando hacia mi humanidad y me miró directamente a los ojos.
—Reemplazar “un oso” por “un perro” en “Reemplazar un oso por un perro” es igual que “Reemplazar un perro por un perro”. Y no necesitamos osos para eso ¿verdad?
Por varios minutos permanecí absorto tratando de elucidar el acertijo.
Ahora la carreta se había detenido en un cruce de caminos. Una flecha a la derecha rezaba “Reemplazar un oso por un perro, 10 Km”.
Entretanto, el acertijo no cedía. Yo negué con la cabeza y expresé por lo bajo
—Eso nunca nadie lo entenderá.
El sujeto meneó a su vez la suya y remató por lo bajo
—“Nunca nadie” es “a veces alguien”. Pero, ciertamente, no será usted. ¡Arre!
Los caballos aceleraron como despertando de un ensueño y la carreta siguió de largo ignorando el cruce.
—¿No vamos a pasar por el pueblo?
—Olvídelo. No tiene caso.

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