domingo, 24 de abril de 2011

Buenos Aires Service




Este Cuento ha sido publicado en Revista Cuasar N° 52.
A continuación, una breve introducción.


La mujer me abrió la puerta con la inminencia del mediodía en la expresión, un batón de sintético antiarrugas, floreado verde y blanco y una operación de oferta debajo de los párpados.

—Es la heladera —dijo—. No me lee los huevos.

Nos paramos en el punto fijo. Ella ordenó “Configuración Cocina”. Insistió un par de veces cambiando la modulación: “Configuración Cocina”. “Configuración Cocina”. Finalmente la casa reconoció la orden. Esperamos en medio de un silencio incómodo que aquella habitación de dos por tres operara su chirriante transformación de “modo living” a “modo cocina”. Finalmente, una voz fría de mujer ordenó desde el parlante “Configuración Cocina: Asegurada”

Allí estaba la heladera, junto a una mesada de símil mármol, frente a una ventana de pantalla 3D que mostraba unos patos en una laguna.

—¿Demorará mucho? A las 12:30 llegan los chicos y tengo que estar en “comedor” con la comida lista.

—Todo depende de cuanto tarde en detectar el problema, señora.

Apoyé la valija de instrumentos sobre la mesada y comencé a interrogar a la mujer sobre los detalles del desperfecto. Siempre he pensado que la mujer está, por naturaleza, impedida de explicar un estado de cosas prescindiendo de la historia que lo llevó hasta allí.

—Me di cuenta anteayer, cuando saqué el quinto huevo —comenzó—. Tengo configurado en cinco el stock mínimo de huevos de la heladera, de modo que deberían haber aparecido en el reporte de reposición de ayer a la mañana; pero nada. Saqué un huevo más y nada. No aparecían. Quité todos los huevos, los volví a guardar, modifiqué el stock mínimo, pero nada de nada. No aparecían de ninguna manera en el reporte porque siquiera se actualizaba el stock físico. Es evidente que no lee los huevos. Hoy, después del desayuno probé de nuevo. Tuve que lavar unas cosas que me quedaron de anoche, porque ya era tarde y tuvimos que poner “dormitorio”…

—Está bien —interrumpí—. Déjeme ver.

Extraje un huevo del refrigerador y lo observé con cuidado. No parecía haber problemas con la grafía del código de barras, pero mejor sería verificar el caso. Abrí la valija de instrumentos, desenrollé la lámina con el teclado y me dispuse a verificar la lectura del código de barras en el ordenador. Rápidamente comprobé que mi lectora tampoco reconocía el condenado huevo de gallina.

—El problema no es la heladera señora, sino el huevo. El código de barras es de alguna manera defectuoso y el sistema de lectura de productos no logra registrarlo.

—Ah. ¿Y no estarán vencidos?

—No lo creo. El problema del código no tiene nada que ver con eso. Seguramente se trata de una mutación en la gallina ponedora.

—¿Pero cómo? ¿La gallina pone huevos con código de barra y todo?

—¿Y por qué no? ¿La gallina transgénica? Tranquilamente. Los ingenieros desarrollaron un código genético que induce un moteado exactamente igual al código de barras que tenemos para el huevo de gallina. Hay una cepa nueva que se implantó hace un año y medio, más o menos. La idea se está usando mucho en huevos, frutas y verduras. Pero yo no sé…