domingo, 18 de abril de 2010

De parte de padre y madre

Imagen gentileza de Taniaguper
http://taniaguper.blogspot.com/
Curiosa es la historia de mi padre. Y lo es desde el mismo día de su nacimiento, cuando el obstetra le cortó el cordón, el niño se resbaló de las manos de la enfermera y salió disparado hacia arriba para quedar pegado con el culito contra el techo, llorando desde allí, con ese llantito estridente que expresa los dolores de la migración del alma etérea al cuerpo humano.
Y el médico se habrá quedado tieso, con el maxilar inferior colgándole del cráneo, los ojitos apretados hacia arriba, mirando al neonato recostado en el techo, y murmurando algo del tipo “Houston, tenemos un problema”.

A mi abuela se lo dijeron bien.
—Es un varoncito hermoso, pesa tres kilos doscientos, mide cuarenta y siete centímetros y se cae para arriba.
— ¿Como dice doctor?
—Que pesa tres kilos doscientos y mide cuarenta y siete centímetros.
—Ah.
—Y se cae para arriba.
— ¿Eh?
Mi abuela lo habrá mirado confundida y el médico le habrá aclarado.
—Imagine —le dijo— que tenemos a un niñito en brazos y lo soltamos ¿Qué ocurre?
—Y, se nos cae al suelo —dijo mi abuela.
—Bueno, éste se nos cae al techo.

Es sorprendente el modo como una situación tan fácil de explicar se manifiesta, en cambio, en una serie innumerable de pequeños detalles fastidiosos, desde la mera estancia en la cunita hasta el procedimiento del cambio de pañal. Y así, la primera infancia de mi padre fue un discurrir de correas y ataduras y un pender como un globo de un cordel. Y conforme mis abuelos desataban ese nudo abigarrado y descubrían modos y maneras, la vida de mi padre niño se iba desatando también.
El primer hallazgo lo hizo la niñera, quien descubrió que era mejor cambiarle los pañales apoyándolo en la parte inferior de la tabla de la mesa, boca abajo, según nuestro sistema de coordenadas y boca arriba según el de él.
Al día siguiente le dieron vuelta la cunita y se la atornillaron al techo. Ya no habría que atarlo; bastaría con amarrar el colchón al elástico y abrochar luego al colchón una suerte de bolsita de dormir. La almohada se cosía a la sábana y el chupete se ataba a los barrotes.
Era común ver a mis abuelos sentados en la habitación, mirando al techo hasta que el chupete se desprendía de los labios adormecidos de mi padre, y quedaba colgando hacia abajo en movimiento pendular.
— ¡Ahí se durmió! —decía mi abuela señalando el chupete.
—Si, se durmió. Ya se durmió —confirmaba mi abuelo mientras se ponía de pié sin saber para qué.

Por alguna razón desconocida, mi padre tenía la gravidez invertida. Simplemente su arriba era nuestro abajo y su abajo, nuestro arriba. Pero, previsiblemente, ni su ropa ni sus secreciones biológicas conservaban tal propiedad. Tenía el cabello largo y chuzo, y era divertido ver cuando se lo cortaban. Los pelos pendían hacia el techo hasta el preciso instante en que le eran seccionados; entonces caían al piso, recorriendo el espacio de la habitación como una lluvia de alfileres.

El observador poco avezado, podría suponer que el hombre que acostumbra caerse hacia arriba, podría llevar una vida perfectamente normal simplemente montando su hábitat con el techo como piso, invirtiendo todos los objetos. No señor. No se puede. Si usted invierte el inodoro, por ejemplo, se vacía desagraciadamente, y da jaqueca imaginar su empleo. Un vaso invertido no puede contener agua, ni se pueden apoyar objetos sobre una mesa invertida.
La esencia de la cuestión era que solo mi padre padecía el problema; el resto de los objetos no. Así pues, mientras resultaba imprescindible invertir las sillas o la cama, que solo lo soportaban a él, no podía invertirse ni la mesa ni los vasos ni la cocina. Hay que imaginar la situación que viviría el pobre. Suponga usted que todas las cosas de pronto comienzan a caérsele hacia arriba, a excepción del fuego, que asciende hacia abajo. Así era la vida de mi padre, allá en el techo.

Afortunadamente, como padecía el mal desde la cuna, había aprendido desde chico a adaptar sus movimientos a esta situación tan particular, y era sorprendente ver la habilidad con que bebía un vaso de agua, por ejemplo, sujetándolo igual que como lo haría cualquiera, pero con la abertura hacia abajo, apoyándose el borde sobre el labio superior y bajándolo lentamente, quebrando la muñeca hacia delante, mientras el fluido le calaba el paladar sin tocar la lengua, hasta que el reborde opuesto le chocaba contra la pera. Para él, todos los objetos se apoyaban de abajo hacia arriba sobre lo que en su mundo eran mesas, repisas y mesadas invertidas, dado que había que cancelar la punción de las cosas por caer hacia su arriba, que era el piso.
Después de un tiempo descubrió que para almorzar era mejor utilizar mesa de vidrio y vajilla transparente. Se sentaba entonces a la mesa como lo haría un sujeto normal, pero allá en el techo, el plato debajo de la superficie vidriada, apoyado hacia su arriba, apuntando hacia su abajo, con su bife, su huevo frito y su puré. Entonces escabullía las manos por debajo de la mesa y allí cortaba el manjar presionando hacia arriba con cuchillo y tenedor, mientras miraba lo que hacía desde el otro lado del vidrio. Decía mi abuela que siempre era curioso verlo desde abajo mientras comía y bebía, desplegando esa batería de movimientos extraños con la misma soltura con que uno se viste y se desviste. Por cierto, vestirse y desvestirse tampoco era lo mismo para él. ¿Cómo se sentiría usted si debiera calzarse unos pantalones que insisten en caer hacia arriba? El se recostaba en la cama, levantaba las piernas y se los calzaba. Todos sus pantalones tenían elástico en las botamangas, naturalmente. Cada tanto se le caía un zapato. Pero la caída de objetos era una verdadera complicación. Como el piso era su techo, cada vez que se le caía algo debía ir a recogerlo subiendo la escalera.
Muy complicado el asunto del retrete, y perdón por insistir con el tema. En su baño, tanto el inodoro como el bidet estaban colocados en posición normal, que era para él como si para usted estuvieran boca abajo, porque era imprescindible que las cosas cayeran al inodoro y porque el agua solo podía llevarlas hacia el abajo del mundo. Entonces se habían dispuesto ambos artefactos al final de unas columnas que trepaban hasta el techo y finalizaban a unos sesenta centímetros del mismo. Allí, entre el techo y el retrete, mi padre se hincaba como un musulmán frente a La Meca, con una revista de historietas apoyada en el techo frente a su rostro, y expelía los sobrantes del almuerzo digerido mientras leía durante largos minutos. Para orinar se acostaba directamente sobre el techo, a la altura el retrete.
Conforme crecía, la separación entre el inodoro y el techo se tornaba exigua y mi abuela le decía a mi abuelo
— Ya está grande, Honorato. Vamos a tener que bajarle las columnas.


Mi padre salía muy poco. El mundo exterior era para él un sitio plagado de peligros. El cielo era un inmenso pozo que se extendía en todas direcciones; un pozo con la profundidad del Universo.
Al cumplir los doce años, el tío Pedro, hermano de mi abuela, le regaló un par de zapatos de plomo macizo. El par pesaba unos cinco kilos más que mi padre, de modo que al calzarse los zapatos, estos lo impulsaban hacia el suelo y lo dejaban en posición normal, igual a la del resto de los mortales. Entonces mi padre salía a pasear con su madre, colgado de los zapatos, caminando con unos pasos extraños que jamás pasaban desapercibidos. Y conforme crecía, le iban agregando planchas de plomo a las suelas para mantener los cinco kilos de excedente.

En su mundo, inventaba juegos asociados a esto de pesar él para un lado y las cosas para el otro. Había conseguido que le trajeran un gran yunque con manija que yacía en el piso de su habitación. El yunque pesaba un poquito menos que él, de modo que podía colgarse del mismo y ascender hasta posarse en el techo. Pero entonces, se agregaba peso atándose al cinturón una bolsita con cosas y lograba descender arrastrado por el yunque y el lastre hasta quedar colgado del yunque que se posaba suavemente contra el piso. En ese juego, había encontrado la forma de nivelar su peso con el del yunque utilizando como lastre una bolsita de azúcar de la que iba deshaciéndose de a poco hasta quedar flotando en el medio de la habitación, entonces la recorría de lado a lado dando patadas contra las paredes, hasta que sus brazos ya no pudieran con el yunque. Cuando ya no podía soportarlo, lo soltaba cayéndose ambos pesadamente, uno al piso y el otro al techo.

Mis abuelos tenían un buen pasar y ya desde el principio comprendieron que su hijo jamás se valdría por sí mismo. Cuando mi padre cumplió los veinte años, le regalaron una casita hecha para él, con todas sus curiosas comodidades. Para solventarse, le pasaban una mensualidad acomodada, que le permitía comer y mandar a hacer la ropa. En esos días llegó también Mariela, una joven que se encargaría de los quehaceres domésticos.
Mariela resultó ser una gran ama de llaves y rápidamente se habituó a la extraña arquitectura de la casa. Era admirable ver con qué agilidad se desplazaba por las habitaciones, sin cabecear la mesa ni las sillas y sin pisar jamás las luces. Había adquirido gran habilidad para extender la cama invertida y para limpiar todo el espacio habitado, contra el techo, sin caerse jamás de la escalera.
Mariela tenía una personalidad ligeramente bipolar cuya variación de talante no parecía obedecer ni a la humedad ni a las menstruaciones ni a sucesos determinados. Cuando estaba bien, era jocosa y solía bromear con mi padre permanentemente. Cuando estaba mal ni lo miraba y en vez de hablar, ladraba monosílabos.
Pero aun cabeza arriba la una y cabeza abajo el otro, uno era hombre y la otra era mujer, y ambos eran jóvenes y fecundos, y las cosas que podían pasar, finalmente ocurrieron.
Fue en uno de los días buenos de Mariela. Broma que va, sonrisita que viene, cosquilla de acá, carcajadita de allá, mi padre se agachó un poco y le dio un dulce beso de bocas invertidas. Ella respondió sujetándole la cabeza con ambas manos y aumentando la presión y la pasión. Rápidamente buscaron la forma de abrazarse de cuerpo entero, lo que no era sencillo. Encontraron la manera disponiéndose en horizontal, él abajo, mirando al techo y ella sobre él, mirando al piso. Se abrazaron fuertemente y, tratando de no girar en el aire, ascendieron lentamente porque mi padre era más pesado. El juego les gustó, se soltaron y cada uno se desvistió en su suelo, Mariela en el piso, mi padre en el techo. Tramando la locura, mi padre se ató la bolsa de lastre a la cintura.
Se volvieron a abrazar, ahora desnudos, aplastada ella entre mi padre y el techo. Entonces mi padre comenzó a llenar la bolsa de cosas y, afinando ya con el azúcar, equilibró los pesos. Copularon flotando por la habitación, ora chocando contra las paredes, ora girando como un reloj, a un escaso metro del piso.
Se casaron, se amaron y se odiaron, conforme el devenir de la polaridad de mi madre. Hicieron el amor contra el techo hasta mi nacimiento, luego contra el piso dado que mi madre había engordado mucho con el embarazo.
Pero mi primera infancia estaría signada por la tragedia.
Con las exigencias propias de la vida conyugal, mi madre acabó por enloquecer cuando yo promediaba los dos años. Su bipolaridad se había exacerbado y debieron internarla en un neuropsiquiátrico. Como mi padre no podría solo conmigo, aterricé en la casa de mis abuelos.
—Si pudimos con el padre, podremos con el hijo —dijo mi abuela.
Y mi padre volvió a su vida solitaria, con una señora gorda que lo ayudaba con las cosas de la casa. Yo lo visitaba casi todos los días. El me alzaba y me sentaba en una sillita tan alta que llegaba hasta su mundo. Allí veía como iba y venía dado vuelta. Aún tengo vivo el recuerdo de su rostro invertido, sonriéndome con esa mueca absurda de las sonrisas vistas del revés.
Un día mi padre salió a pasear con sus zapatos de plomo. Tropezó con un cantero, perdió un zapato y se cayó al cielo. Algunos vecinos lo vieron marcharse ascendiendo con la pierna izquierda hacia abajo y el resto del cuerpo cayendo hacia la inmensidad, flameando como una bandera hasta perderse entre las nubes. Así fue la muerte de mi padre.
Hoy, todos aquellos sucesos de mi pasado remoto perviven en mí en la forma de unos flashes que me llegan de tanto en tanto; imágenes sueltas de la risa de mi padre y la sobreexcitación de mi madre, cuando la enfermedad se había agudizado y veía la vida maravillosa y el futuro venturoso en sus días buenos.
Un diario de mi padre y los permanentes relatos de mi abuela me ayudan a mantener viva la historia. Y a mi me gusta recordarlos siempre: antes de dormirme, o cada vez que cierro los ojos, o cuando salgo de paseo por el parque, yendo así, como voy ahora, recostado boca arriba, con las manos detrás de la nuca, mirando el cielo mientras floto ingrávido entre las copas de los árboles.

domingo, 11 de abril de 2010

La Manchita

El señor Toledo era un amante de la pulcritud absoluta. Esa mancha en el ventanal de la oficina debía resultarle inadmisible. Torció la boca hacia la puerta y gritó un nombre. Al momento acudió una mujer, morocha y corpulenta. Vestía un delantal azul claro, y llevaba en la mano un trapo rejilla gris oscuro.
— ¿Que es esto Irene? —dijo el hombre en tono imperativo.
La mujer se quedó muda, un poco por terror, y otro poco por ignorar con qué se saldría ahora el despiadado.
Al cabo de un lapso atiborrado de mirada, Irene contestó
— ¿La ventana, señor?
— ¡No! Esto, esto aquí. ¿No lo ve?
Todo el cuerpo del señor Toledo se había contorsionado en torno a la mancha en el vidrio, que yacía inerte al final de su dedo cadavérico.
La mujer se acercó y contempló la pequeña manchita del tamaño de una pulga.
—Enseguida me ocupo señor —dijo ella.
—No, ahora ya es tarde, necesito la oficina. Tendré que utilizarla así. Mañana se me viene más temprano. A las ocho ese vidrio tiene que estar limpio.
Irene se retiró jurando máxima eficiencia para el día siguiente.
A las siete, ya estaba la pobre fregando la mancha. Primero la acometió con un simple paño húmedo. Luego, con un limpiador multiuso y una esponjita dura. Más tarde, ya cerca de las ocho menos cuarto, intentó con ácido muriático y la punta de un cuchillo. Pero la mancha no cedía ante nada. Y se hicieron las ocho, y la mujer seguía agazapada contra el vidrio, y a su espalda ya se oían los gritos del señor Toledo.
— ¿No le dije que viniera más temprano para atender ese asunto?
— Señor, vine hace una hora, pero la manchita no sale.
— ¿Usted me ve cara de idiota?
Toledo levantó el teléfono y ordenó
— Leticia, que me preparen la liquidación de Irene Rivero. Mañana pasará por ella.
Y sin siquiera mirar a la mujer, vomito un “Junte todo eso y váyase”

Toledo tenía cosas que atender esa tarde. Al día siguiente se reuniría el Directorio, y como responsable de Cuentas Corrientes, tendría muchas preguntas que responder sobre clientes en mora y otros asuntos. Al Directorio había que explicarle todo. Habían quedado atrás los tiempos de aquella comunión de ejecutivos preocupados por el desempeño de la empresa; ahora el “alto mando” estaba formado por una lacra de jovencillos germinados en las universidades, capitaneados por ese niño absurdo que el benemérito señor Pastrana, padre y fundador de la firma, había tenido la mala suerte engendrar. Y en su ignorancia supina, los niños preguntarían todo con ademán desafiante y gesto de entendidos. Pero un Directorio hostil no le preocupaba. A él nadie podría tocarlo. Treinta años de servicio no eran poco y un despido estaba fuera de toda conveniencia para la economía de la empresa.
Enfurecido a expensas de sus propios pensamientos, Toledo hundió el cerebro en el monitor de la PC y estuvo acomodando números hasta las cinco de la tarde.
A su espalda, como una daga diminuta que le picoteaba el cuello y le toqueteaba el alma, yacía la mancha en la ventana.
Ya avanzada la tarde, suspendió toda actividad y se aglutinó contra el vidrio, trincheta en mano, con la firme decisión de extirpar la mácula inquietante.
No tardó mucho en comprender que no se trataba de una mancha sino más bien de una melladura en el vidrio, capaz de confundir al observador porque su diminuta concavidad portaba una negrura absoluta.
Solo había una forma de librarse del condenado puntito negro. Se puso de pié, sujetó su sillón desde el respaldo y golpeó el amplio vidriado con las patas del mueble, produciéndole al instante un teselado irregular y diminuto que se extendió rápidamente por la superficie del vidrio. Acto seguido, levantó el teléfono y ordenó
—Leticia, llame a algún vidriero que pueda venir mañana temprano. Ha estallado el vidrio de mi ventanal.

Entre las ocho y las nueve, Toledo enloqueció a Leticia, quien tuvo que llamar a la vidriería no menos de cuatro veces para averiguar el por qué de la tardanza. Finalmente, hacia las nueve y cuarto le empresa se hizo presente.
—Para la tarde lo tenemos solucionado, Don Toledo—dijo el vidriero—. Tomamos las medidas, lo cortamos en el taller y lo venimos a colocar.
— ¡De ninguna manera! Necesito esto resuelto ahora mismo. ¿Por qué no vinieron más temprano?
El oficial del vidrio hizo un gesto de fastidio y rápidamente se recompuso.
—Bien —dijo—, cuando usted encuentre alguien que lo haga “ahora mismo”, coménteme quién es, que tendré curiosidad por conocerlo. Vamos —le dijo a su ayudante y enfiló para la puerta.
—Venga para acá y no se haga el idiota.
Como siempre ocurre en estos casos, el señor Toledo tuvo que avenirse a las condiciones impuestas por el vidriero, además de anteponer una costosísima disculpa por el apelativo de “idiota”. Así eran las cosas siempre: cuando había que hacerlas se tardaba más.

Su participación en la reunión de Directorio no fue nada feliz. Los Directores se centraron en la cuenta de Galíndez & Baumann. Justo esa cuenta. Preguntaron todos los detalles y enseguida se hizo evidente que Toledo había estado manipulando los movimientos. El hombre no podía dejar de transpirar mientras hacía sus defensas retóricas tratando de eludir las preguntas, amalgamando el tema concreto con menciones de su fidelidad a la empresa, sus treinta años de servicio y su impecable legajo. Nadie se atrevió a acusarlo de nada, pero en lo más comprometido de la interpelación, Javier Pastrana, el joven presidente lo excusó ante todos los presentes considerando que el señor Toledo seguramente se encontraba exhausto y que creía oportuno cerrar el tema allí.
Ese desgraciado. Se pasaba el día contrariándolo en casi todos los frentes: “Esas prácticas están fuera de moda, Toledo”, “Esos sistemas ya fueron superados”, y que la Internet “esto” y el Departamento de Sistemas “aquello”; y ahora se mostraba caritativo frente a sus pares. A los ojos de Toledo, su aparente acción piadosa era realmente una muestra de la más vulgar hipocresía.
Regresó a su oficina con el abatimiento escrito en la cara. La ventana se encontraba totalmente abierta, sin vidrio de ninguna clase y un viento huracanado le despeinó el escritorio cuando abrió la puerta para entrar.
Colocó unos papeles en su portafolio y salió inmediatamente.
—Regresan a las cuatro señor, y en una hora lo dejan instalado —dijo Leticia ante la tibia consulta de Toledo—. ¿Se encuentra bien? —agregó.
—Sí. Bien, bien —dijo como pensando en otra cosa—. Yo me retiro entonces. Hasta mañana.
Condujo turbado por la autopista, que todavía tenía buen ritmo de marcha. Bajó hacia la derecha donde siempre, y se detuvo a recargar combustible. Luego aparcó y se sentó en una mesita, en el luminoso bar de la estación de servicio. Allí se percató de que realmente tenía hambre.
Pidió unas hamburguesas. Comió y bebió y su ánimo comenzó a recuperarse. ¿Qué tenían para reprocharle esos imberbes, esas pequeñas cucarachas de cajón? Por supuesto que había adulterado las cuantas de Galíndez & Baumann. Aquella empresa había cerrado sus puertas de un día para otro y los responsables habían desaparecido. Toledo diseñó una pirueta contable para sustraer los últimos tres pagos que Galíndez formalizó antes de cerrar, haciéndolos desaparecer de su cuenta corriente con la certeza de que nadie vendría a reclamar. No estaban lejanos los tiempos de su retiro y era el momento de hacerse un capital. Don Pastrana había muerto hacía más de un año. A él jamás le hubiera hecho una chanchada; pero al Javier este... Era un niño bien, que había heredado una bonanza de la que no era merecedor. Y ahora la usufructuaba a costa de individuos como él, que con su esfuerzo abnegado sin duda había aportado más que nadie por construir la Compañía. ¿Por qué debía marcharse con las manos vacías? ¿Acaso era justo? Si la ley no aseguraba la justicia, él haría justicia fuera de la ley.
Y así, con el estómago lleno, Toledo halló las fuerzas necesarias para justificar el desfalco ante su propia conciencia. Ahora fijaría una estrategia. Si bien resultaba imposible limpiar completamente las sospechas de fraude, también sería imposible probar la estafa ante un tribunal. Dejaría todo lo suficientemente confuso para que nadie pudiera probar nada. Y si querían despedirlo, adelante, su indemnización ascendía a una pequeña fortuna.

Al día siguiente Toledo llegó a las ocho, como siempre. Le pidió a Leticia que no le pase los llamados. Ingresó a su despacho y se complació de ver el amplio ventanal inmaculado ataviado de ciudad y de cielo, y de un brillo conmovedor. Tomó asiento en la cómoda butaca giratoria y se sumió en el abigarrado desfile de reportes y aplicaciones del Sistema de Cuentas Corrientes. Trabajó de corrido hasta las diez, tratando de dar forma a su dibujo. Luego, un principio de contractura lumbar le indicó que ya era tiempo de un respiro. Se puso de pié, se desperezó estirando los brazos hacia el techo con los dedos entrecruzados hacia arriba, realizó un par de movimientos de elongación de espalda y cuello, se preparó un café instantáneo y cuando regresaba a su butaca quedó paralizado frente al vidrio, inmerso en la más absoluta confusión. En el mismo exacto sitio que en la víspera, incrustada en el vidrio con igual tesón e igual negrura, podía verse nuevamente esa manchita oscura, chiquita, del tamaño de una pulga.
La escena no tenía sentido. Él mismo había visto el vidrio aquel, cuarteado en mil pedazos como el suelo reseco del Atacama. Él mismo había visto el marco vacío del ventanal, trayendo los vientos del río. Y él mismo se había deleitado esa mañana con la pulcritud del vidrio nuevo. ¿Qué era entonces esta mancha, ahora? La pregunta no tenía respuesta ni la iba a tener ni era el momento de ocuparse de ese asunto. Muy perturbado, Toledo se dirigió a su butaca con paso vacilante y la taza de café temblándole en la mano, tomó asiento y se volvió a hundir en la pantalla.
Le llevó media hora darse cuenta de que ya no podría concentrarse. La mancha era un áspid venenoso espectando agazapado a sus espaldas. No había forma de ignorar su presencia. Ya no era una simple mancha, era una mancha que había sobrevivido a la remoción del vidrio en que yacía, una mancha absurda, contraria a la razón. Ahora era una mancha misteriosa, era lo desconocido fastidiándole la mente justo desde atrás.
Por horas el hombre intentó e insistió con sus tareas, pero no había caso. Sus ojos miraban adelante y sus pensamientos miraban hacia atrás.
Promediando la tarde Toledo dio un golpe con la palma sobre el escritorio, apagó la PC, giró 180° la butaca y se agazapó frente a la mancha para observarla desde muy cerca. Hubiera jurado que ahora era más grande. Tratando de aprenderla, la picoteó con la punta del bolígrafo. Rápidamente volvió a comprobar que parecía ser más bien una mella en el cristal. Siguió con el suave martilleo y ahora sí, decididamente la mancha comenzó a extenderse, aumentando de tamaño visiblemente. Pronto superó el grosor del cuerpo de la lapicera. Probó golpearla nuevamente pero ahora el bolígrafo se hundió varios centímetros dentro de lo que parecía ser más bien un agujero. Pero un agujero extraño, porque no era posible ver el trozo de bolígrafo saliendo al otro lado del cristal. Probó insertarla casi por completo y nada vio salir del otro lado.
El miedo dio paso a la curiosidad, y Toledo se pasó un largo rato jugando con su hallazgo, mientras la extraña oquedad continuaba extendiéndose en el vidrio. Toledo metía la mano hasta el codo y la sacaba nuevamente, y no veía la mano del otro lado del cristal, ni sentía el frío o la brisa de la intemperie. Además, la mano desaparecía en la negrura apenas traspasaba la superficie definida por el vidrio, y volvía a aparecer al extraerla. Era como si un espacio nuevo hubiera aparecido en la oficina. Algo que se abría entre el ventanal y el exterior. Además, la mano no chocaba contra nada, y podía revolver la cavidad sin tocar objeto alguno, incluso doblando el brazo hacia atrás. Con el brazo metido en el hueco hasta el hombro, probó darse un puñetazo en la cara, pero presintió el brazo, sin verlo, seguir de largo hasta la altura de la nuca. Era una sensación extraña y divertida. Su brazo estaba en otro universo.
A la media hora, la mancha tenía el tamaño de un neumático. Toledo no resistió la tentación de meterse a investigar. Buscó una linterna en el cajón de su escritorio y se sumergió de cabeza en el hueco, linterna en mano. Estaba ya metido hasta la cintura cuando dijo visiblemente conmovido
— ¡Dios mío! ¿Qué es eso?
Despegó los pies del piso y apuró el trámite para terminar de entrar.
Cuando hubo desaparecido completamente dentro del hueco, la mancha comenzó a cerrarse tras él. Y nada de él surgió del agujero mientras éste se cerraba. Ni un pié, ni un grito, ni una palabra. Varios minutos demoró la mancha en contraerse. Se redujo hasta su tamaño inicial y aún más, hasta perderse de vista.

Al día siguiente, nadie supo nada de Toledo. Era extraño porque nunca se ausentaba sin aviso. Luego de tres días de ausencia y en vista de que Toledo no tenía parientes en la ciudad, la empresa dio parte a la policía. Unas horas después, dos oficiales se apersonaron para recabar información. Le hicieron muchas preguntas a Leticia, su secretaria.
—Llegó a las ocho, como siempre —dijo—. Me pidió que no le pasara las llamadas. Estuvo trabajando hasta el mediodía, luego salió a almorzar y regresó a la media hora. Me repitió que no le pasara llamadas y permaneció en su oficina hasta que me fui. Siempre me voy antes que él. Al día siguiente no vino y pude comprobar que se había olvidado el portafolio. Ni siquiera lo había cerrado. Eso sí me llamó la atención, pero un poco, nada más.
Los oficiales ingresaron a la oficina de Toledo y cerraron la puerta tras de sí. Observaron el lugar, revolvieron el cesto de papeles, encendieron la PC y anotaron el nombre de los últimos archivos abiertos, revisaron los armarios, encontraron allí el tarro de café instantáneo, lo abrieron con cuidado, prepararon dos cafés, se sentaron y tomaron un refrigerio que duró hasta el final de la requisa. Luego se retiraron agradeciendo a Leticia su colaboración.

Al día siguiente, luego de anunciarse, un sujeto ingresó en la oficina de Javier Pastrana. Tenía el cabello negro muy corto, casi rapado, y una barba candado muy prolija. Vestía un traje negro de solapas mínimas y un leve brillo mate, una camisa lila claro y una curiosa corbata negra con lunares rosados. Llevaba un reloj de oro y una pulsera a continuación. Se hacía llamar Carlos García.
—Tome asiento por favor —Indicó el joven empresario— ¿Desea tomar algo?
—No, gracias —dijo el sujeto mientras se sentaba.
Ambos rostros estaban serios y tensos.
—El trabajo está hecho —dijo el visitante.
Pastrana se acomodó contra el respaldo e intentó cuestionar.
—En realidad, el señor Toledo solo ha desaparecido hace cuatro días y no tenemos certeza…
—Amigo Pastrana —interrumpió el sujeto abruptamente—, entiéndame bien lo que voy a decirle, porque no pienso a repetirlo: El señor Toledo no está más.
—Comprendo —balbuceó Javier.
—El trabajo está hecho —repitió el barbado.
Pastrana modeló una sonrisa amplia para cortar la tensión.
—De acuerdo, de acuerdo. Pero ¿Dígame, como lo hicieron? No hay registro de ningún accidente, no hay cuerpo, no hay evidencias.
—Tal como le dije en su momento, Javier, utilizamos una técnica nueva, muy reciente, muy efectiva y muy limpia. Nos hemos especializado en esto y somos los mejores. Pero no puedo darle los detalles del procedimiento.
—Entiendo —Pastrana hizo silencio y agregó—. Y esta técnica que ustedes usan ¿Es muy dolorosa para la víctima?
—No ha sido así en este caso. Tal como usted lo pidió, nos abocamos a su mera desaparición y el señor Toledo no ha sufrido en absoluto. Pero en otras aplicaciones, esta tecnología puede ser sumamente dolorosa. De hecho, podemos provocar tanto dolor como es posible infligir a un ser humano; un dolor desesperante en cada centímetro cúbico del cuerpo. Un dolor horroroso, un sufrimiento lento, punzante, insoportable. Todo depende del servicio contratado por el cliente.
El hombre de negro relataba el horror absoluto con la misma soltura y frialdad con que se comenta un partido de futbol.
Pastrana, en cambio, se puso pálido frente a semejante descripción.
— ¿Y hay mucha gente que contrata ese tipo de… servicios? —preguntó.
—No sabe nuestra mano izquierda lo que hace la derecha —fue la respuesta.
Pastrana abrió un cajón del escritorio y extrajo un cheque ya conformado. Lo miro un instante y se lo entregó.
—Tenga usted, lo que habíamos acordado.
El hombre lo guardó dentro del traje sin mirarlo
—Gracias.
— ¿No piensa verificar la cifra?
—No hace falta. Nadie cometería la estupidez de engañarnos.
Pastrana sonrió mientras tragaba saliva.
Antes de salir, el señor García se volteó y agregó una cosa más.
—Ya me olvidaba. Mañana por la mañana concurrirá una persona de nuestra agencia para realizar una última “limpieza” en la oficina del señor Toledo. Se hará pasar por personal de una empresa de telefonía.
Pastrana se alarmó.
—Pero la policía ya ha registrado el lugar.
Ahora García sonrió abiertamente.
—No se preocupe por eso. Solo asegúrese de que lo dejen entrar.
El sujeto se marchó y Pastrana se desplomó en su sillón. Pensó en lo que acababa de hacer mientras miraba cómo su índice izquierdo escarbaba la uña del índice derecho. Toledo se lo merecía. No había hecho nada por intentar acercarse a la nueva conducción. Por el contrario, lo había estafado. No le había dejado alternativas. Y aún así él había tenido la delicadeza de regalarle los candores de una desaparición indolora.
Levantó el teléfono.
—Leticia. Mañana por la mañana vendrá personal de la empresa de telefonía a realizar una instalación en la oficina de Toledo. Hágalo pasar y asegúrese de que nadie lo moleste.
— Si señor.

El hombrecito era un verdadero personaje. Muy bajito, ligeramente obeso, tenía la cabeza redonda y pelada al centro. Una nariz breve y respingada sobre la que a duras penas se mantenían sus gafas redondas. Vestía un mameluco gris y llevaba una valija de herramientas de aluminio.
—Usted es Leticia —afirmó con una sonrisa juguetona.
—Si Señor —respondió Leticia, que ya trataba de “señor” hasta a su propio gato.
— ¿Ha visto? Se lo leí en la mirada, porque sus ojos hablan ¿lo sabía? Y tal vez, también le espié el nombre en el carnet que lleva prendido del bolsillo de la blusa.
Ambos rieron.
—Usted debe ser de la empresa de telefonía —dijo Leticia.
—Así es, y vengo a trabajar en la oficina de un señor Toledo. Pero ahora tengo más ganas de quedarme aquí, conversando con usted.
Leticia se puso de pié y lo condujo a la oficina mientras lo amenazaba.
—Mire que mi novio es muy alto y muy celoso.
—Si. Pero no está.
La puerta se cerró dejando a Leticia afuera, al hombrecillo adentro y sonrisas todo alrededor. Pero apenas se hubo cerrado la puerta, el limpiador se puso muy serio.
Abrió la valija sobre el escritorio y allí dentro pudo verse un curioso set de pinzas, bolsitas con cosas, frasquitos y otros objetos más curiosos. Y todo cuidadosamente encastrado en una bandeja de poliuretano expandido, donde cada objeto calzaba en una cavidad exacta.
El limpiador se colocó unos guantes de látex y comenzó a disponer los distintos elementos sobre el escritorio, incluyendo un bolsita especial para residuos, un dispenser de papel tissue, un marcador, un pincelito de acuarela de cerdas azules, un frasquito tan alto como grueso lleno hasta la mitad con una gelatina color ámbar, una pinza de joyero con la punta extremadamente fina, un recipiente parecido a una lata de pomada para lustrar zapatos, más pequeña, con una pastilla de polvo prensado en su interior y otros pomos y frasquitos varios.
Se colocó una especie de vincha con linterna y una lupa de joyero sobre el ojo derecho. A continuación, comenzó a recorrer la superficie del ventanal en busca de la manchita que se había devorado a Toledo. La encontró cinco minutos después. Era una mota negra del tamaño de un grano de polen. Rápidamente tomó el marcador y dibujó un círculo verde en derredor de la mota. Luego, con un gotero dejó caer varias gotas de un líquido muy fluido sobre la pastilla de polvo prensado. Con el pincelito de cerdas azules removió la mezcla hasta formar un almíbar transparente. Con una precaución absoluta, pintó con el almíbar toda el área dentro del círculo verde. Unos segundos después, la superficie así tratada se licuó y comenzó a bullir, al tiempo que todo el ventanal se puso a temblar como tiembla un vidrio detrás de un parlante a todo volumen. Unos segundos más y todo se calmó. El limpiador dejó pasar cinco minutos para que el almíbar trabaje. Luego sujetó la pinza fina, se volvió a calzar la lupa y comprobó que la mota se había removido con éxito de la superficie del vidrio. Intentó sujetarla con la pinza una, dos y tres veces, pero la mota se resbalaba y volvía a su charco de removedor. Al fin logró sujetarla mínimamente, la retiró unos centímetros de la superficie del vidrio y fue entonces que la mota resbaló de la pinza y se cayó. Instintivamente colocó la mano para atajarla y allí fue a dar sobre el guante. El hombrecillo se puso pálido y comenzó a temblar. Sabía que el guante no resistiría, sabía que la mota se adheriría a la piel de su palma y que nada era peor en este mundo que la mota adherida al cuerpo. Se quitó el guante con cuidado y con la lupa comenzó a recorrerse la palma de la mano izquierda. Allí estaba la partícula mortal, en una zona carnosa, cuatro centímetros debajo del meñique, incrustada en la piel con la adherencia más tenaz del universo. El limpiador se quedó inmóvil, temblando de terror, con la mirada perdida en el ventanal. Recordó con horror aquellos videos que le fueran mostrados durante su entrenamiento, donde se exhibía el modo como el dispositivo actuaba cuando se aplicaba sobre el cuerpo de la víctima. Y jamás olvidaría esos gritos desgarrándole el alma, ni la expresión de esos rostros deformados por el dolor mientras el dispositivo transformaba lentamente al desgraciado en un hoyo hacia la nada.
Súbitamente volvió en sí, buscó nuevamente la partícula diabólica en su mano, y la circuló con el marcador verde. Buscó en el escritorio algún objeto duro. La regla de acrílico estaría bien. Se la colocó en la boca y la mordió con fuerza. Embebió el pincel azul en el almíbar removedor, acercó el pincel a la palma, titubeó un instante sobre el círculo verde y aterrizó dentro de él con las cerdas embebidas en el ácido. Profirió un mugido ahogado y sin vocal y comenzó a temblar al tiempo que el removedor le licuaba la piel y la carne dentro del círculo hasta rebullir con un burbujeo pequeño. Un instante después dejó de temblar. Entonces miró el reloj. Debían pasar cinco minutos para que el removedor pudiera arrancarle la mota de la piel. Contó hasta trescientos empapado en sudor, luego miró el reloj. Faltaba un condenado minuto quince. El dolor era insoportable, pero a cualquier precio debía sacar ese objeto de allí. Por fin tomó la pinza y la lupa y enseguida halló la mota, negrísima, nadando en el pastiche marrón. Debió serenarse para mitigar el temblor de su mano, que se amplificaba al final de la pinza. Con un esfuerzo extremo, pudo sujetar con precisión el minúsculo dispositivo. Sin apartarlo de la vista lo llevó hasta el frasco con la gelatina color ámbar y lo introdujo dentro, cuidando que no roce la superficie interior. Se quitó la lupa y la vincha con linterna y profirió un resoplido largo con el cuerpo y con el alma. Se limpió la llaga con un tissue cuidando de tirar todo en la bolsa especial para residuos. Luego se roció la mano con un spray pequeño. Ejecutó la misma limpieza en el vidrio de la ventana. Tiró todo dentro de la bolsa. Abrió un pomo con más gelatina y llenó lo que quedaba del frasco, asegurándose que la mota quedara absolutamente rodeada por el gel. De la parte inferior de la valija, debajo de la bandeja de poliuretano, extrajo un pequeño soplete. Sujetó el frasco con una pinza especial y lo calentó durante cinco minutos. Sacudió el frasco y verificó con éxito que el curado del gel era el adecuado.
Se quitó el guante que le quedaba, y guardó absolutamente todo el equipo en la valija, incluyendo la bolsa de residuos. Luego se vendó la mano con gasa y cinta adhesiva. Se secó el sudor con un pañuelo y se ventiló el pecho sacudiendo el mameluco hacia adentro y hacia fuera. La tarea había terminado. Sujetó la valija, caminó hacia la puerta, antes de abrirla ensayó dos o tres veces la sonrisa y se largó de allí.
—Adiós hermosa —saludó a Leticia.
—Usted, tanto tiempo ahí adentro, no se llevará nada ajeno en esa valija ¿verdad? —bromeó la muchacha ya en confianza.
El hombrecillo se acercó a su oído y contestó la broma sobreactuando discreción.
—Me llevo al tal Toledo metido en un frasquito —dijo.

Esa misma tarde, en el despacho de Javier Pastrana, su vicepresidente discutía con él los pormenores del remplazo de Toledo.
—Mañana mismo viene el reemplazante —dijo Pastrana. Es un muchacho excelente, con antecedentes excepcionales en el análisis de cuentas corrientes. Cené con el la semana pasada… No, perdón, esta semana. Creo que fue el martes. Mañana mismo lo pondré en funciones.
Eduardo Yañiez, su segundo al mando, asintió con la cabeza y refutó con elegancia.
—Usted sabe, Javier, que algunos miembros del Directorio tienen otro postulante para el puesto.
—Lo sé muy bien, Yañiez, pero con su apoyo, no podrán oponerse. Supongo que cuento con usted en esto ¿verdad?
Yañiez hizo un silencio breve que enseguida preocupó al muchacho.
—Por supuesto, por supuesto. Yo estoy con usted, pero no deberíamos subestimar esta diferencia con el Directorio. Yo suspendería la concurrencia de su candidato mañana y enviaría al estudio los antecedentes de ambos postulantes para que se tomen un tiempo en realizar cierta inteligencia sobre los sujetos. Usted y yo sabemos que el informe del estudio se puede manipular. La operación podría demorar tres o cuatro días, pero cerrará la boca de los directores disidentes. Si usted me da esos cuatro días, yo puedo ocuparme.
Pastrana se quedó pensativo mientras se miraba los dedos y se escarbaba las uñas.
—Está bien —convino finalmente—. Esta tarde le hago llegar la carpeta del muchacho. Confío en usted.
—Déjelo en mis manos y despreocúpese —dijo Yañiez y agregó— En cuatro días ya no tendrá que lidiar con el problema. Délo por seguro.
Yañiez se retiró de la oficina y Pastrana se quedó sentado, pensando, mientras se hamacaba en su sillón. Ahora se había introducido la punta de un capuchón de bolígrafo debajo de la uña se su índice derecho. Últimamente el Directorio estaba mostrándose poco dócil. Otros accionistas estaban representados allí. Sin duda disciplinarlos resultaría en lo sucesivo cada vez más complejo. Afortunadamente contaba con Yañiez que era un hábil jugador en ese terreno. De todos modos, la pelea lo crispaba. Era una lucha de poder, un escenario al que debería acostumbrarse. Es solo que ahora, precisamente ahora, la situación le producía una ansiedad irreprimible y no dejaba de escarbar la uña de su dedo derecho con la uña del izquierdo. ¿Acaso era posible que el Directorio se confabulara, que lo hostigara hasta el límite y lo indujera a vender su mayoría accionaria? ¿Existiría un riesgo real de perder el control de la empresa fundada por su padre? Por un momento extrañó a Toledo, que era el pasado. Y extrañó también su aun reciente desmesura juvenil: Las picadas en Avenida del Libertador a las dos de la mañana, los maravillosos excesos de sexo y alcohol, acunados por la noche de la ciudad que no duerme. Las parrandas y el descontrol de dos o tres días sin dormir. ¿No sería mejor dejar este juego de intereses absurdos y volver a la felicidad aquella? Tal vez, realmente él fuera aún muy joven para estas batallas en la cumbre. Pero su espalda ya cargaba con Toledo. Y al fin de cuentas la carga no pesaba tanto. Tal vez realmente tuviera vocación para el mando y solo le faltara hacerse el hábito. Y afortunadamente estaba Yáñiez, para sostenerlo mientras maduraba. Y afortunadamente también, estaba esta persistente suciedad debajo de la uña de su índice derecho, que le permitía escarbar y escarbar hasta mitigar su ansiedad. Era una manchita negra, chiquita, del tamaño de una pulga.

domingo, 4 de abril de 2010

Concierto en Alta Mar

Ella la bella
embarca la barca
zarpa con su arpa
parte con su arte
la marea la marea
y con cierto desconcieto
da un concierto cierto
con algún acierto
desde los confines
define delfines
y desfila en fila
una sola anguila
las notas que brotan
ya desde la borda
escapan cual hordas
salvajes confusas
de semicorcheas
corcheas y fusas
insulto reñido
con toda moral
desde su escondrijo
le espeta un coral
callen a la niña
gritan y se apiñan
callen a la bella
que nos hace mella
que se parta el arpa
le grita la carpa
que se parta el arpa
o que parta la niña
o bien parta el arpa
y la niña se parta
ajena a los hechos
que a todo enajena
la niña se afana
les toca con ganas
aprieta los ojos
retuerce las sienes
y mece su cuerpo
con unos vaivenes
Hartada la fauna
de tanto estoicismo
llamaron al pulpo
que habita el abismo
el bicho gigante
lento se aproxima
tapaban sus oidos
un par de sardinas
la asió de un zarpazo
a la altura del vientre
daba zapatazos
la niña gimiente
Por un orificio
baboso y sombrío
se perdió la niña
su canto y su brío.
Y tuvo aquel pulpo
gran descompostura
expelió a la hora
arpa y partitura
Dicen que la niña
en tren de venganza
le llenó la panza
de pasos de danza