viernes, 19 de marzo de 2010

El Bache

Llovía a baldes justo a la hora en que todos salimos del trabajo para casa. Como ya es habitual, algunas calles comenzaron a anegarse y todo el parque automotor inició ese desfile de vueltas absurdas buscando por dónde salir a la autopista.
No sin cierta duda, me le animé a una calle que no se mostraba tan comprometida. Me perfilé para cruzar la bocacalle, que parecía una laguna, y me aventuré en primera manteniendo el motor sobre acelerado.
Bajé la primera cuneta, subí al lomo de la calle transversal y volví a bajar en la segunda. Pero la segunda cuneta resultó ser una trampa mortal. El auto se internó en un bache inconmensurable y comenzó a bajar y a hundirse hasta perderse completamente bajo el agua. Sentí un ruido de hierros quebrados en el motor, adelante, mientras observaba con desesperación como el agua trepaba por la superficie exterior de los vidrios.
El auto estaba fuera de control y el bache parecía no tener fin. Descendí un buen trecho sumergido, carreteando sobre un lecho pedregoso con el agua filtrándose por los burletes. Finalmente empecé a subir un poco hasta encallar en una barranca de lodo chirlo, ya fuera del agua.
Descendí del vehículo tratando de entender lo que había pasado. Esta no era la calle anegada, del otro lado de la cuneta; esto era una gruta oscura en algún lugar debajo de la calle.
Miré para atrás. La barranca era la orilla arcillosa de un río negro que discurría de izquierda a derecha con buena correntada. Sobre la barranca y dentro de la gruta se hallaban esparcidos decenas, tal vez cientos de autos encallados. Algunos eran realmente muy viejos, casi todos estaban herrumbrados y mostraban los signos de haber sido parcialmente desmantelados. Toda la orilla parecía un depósito de chatarra automotor.

— ¡Jefe! Si no lo corre se lo va a tapar el agua. Mire que está lloviendo mucho.
Miré hacia adentro de la gruta entrecerrando los ojos y apareció una silueta recortada detrás de un resplandor tenue y amarillento que venía de costado.
—Mire, yo le digo por experiencia. El río está lleno de chatarra que se la comió el agua.
— ¿Usted es de acá? —le pregunté.
—Mucho gusto. Julio, para servirle —dijo.
—Fabián —respondí. Y nos dimos la mano.
—De acá, lo que se dice de acá, no soy. Pero ¿vió? Ya hace ocho años que estoy, y al río este lo conozco bien.
Julio era un hombre cincuentón, pura panza y culo. Caminaba como atajando la caída en cada paso y vestía unos harapos que alguna vez fueron pantalón de gabardina y camisa de manga corta.
Apuntó al interior de la gruta y gritó
—Negrete, vení que hay que correr un auto.
Desde la oscuridad llegó un gigante. Medía más de dos metros y era un oso. Me dio la mano sin decir palabra, pero creo que esbozó una sonrisa. Se fue hacia la parte trasera del auto, se puso de espaldas al baúl, lo sujetó del paragolpe y lo movió como diez metros, él solito, caminando hacia atrás barranca arriba.
—Listo Don Julio. Después vemos donde lo ponemos —dijo.
A medida que la vista se me habituaba a la oscuridad, empecé a descubrir la cueva. Era una gruta inmensa con paredes a veces de barro húmedo, a veces de ladrillos viejos. Se internaba perpendicular al río subterráneo y no le podía ver el final. Pegado a las paredes de la gruta estaban emplazados unos asentamientos muy precarios, que eran como cubículos separados por chatarra automotor más o menos plana. Tapas de baúl, techos y puertas servían de separación. En cada cubículo vivía gente. Varios de sus habitantes estaban en la entrada, que siempre daba al pasillo central, sentados sobre butacas de auto en estado calamitoso. Otros merodeaban de pié mirando la escena de mi llegada. Casi todos vestían harapos. Al fondo se escuchaba una radio relatando un partido de futbol con mucha interferencia.
— ¿Dónde estamos, Don Julio? —le pregunté, todavía atontado por el asombro.
—Este es el asentamiento del Bache del Cruce —dijo el hombre mientras emprendíamos la caminata por el pasillo central de la gruta—. Todos los que estamos acá nos fuimos cayendo al bache. Un día uno, otro día otro ¿vio como es? Yo hace ocho años que estoy, pero no soy el más viejo. A mi me sacaron del río con dos costillas rotas. No sabe lo que fue. No se me curaban más. Pero al final se curaron y aquí estoy. Ocho años hace que estoy, ya. Usted tuvo suerte. Cada tanto sacamos algún muerto. Es un bache jodido.
Caminábamos por una superficie tapizada de paneles insonorizantes embebidos en barro. La humedad era sofocante. Había filtraciones por todas partes, algunas importantes, que chorreaban desde el techo y las paredes y formaban charcos grandes sobre el pasillo central y dentro de los sectores habitados. Cada tanto nos llegaban oleadas de un hedor nauseabundo.
— ¿Y por donde se puede salir de acá? —pregunté.
Don Julio me miró entre confundido y compasivo, como si yo hubiera preguntado la mayor barrabasada.
—Mire, primero hay que ver dónde lo ponemos. Dónde se va a quedar, donde va a dormir. Para lo demás hay tiempo. Eso sí, vaya al auto y saque todo lo que pueda. Y ciérrelo bien, con llave. Pero quédese tranquilo, por ahí andan los perros de Negrete que son bravos y ahuyentan a los pibes. Mañana le decimos a Armando que se lo mire un poco.
Amagué volver al auto y retrocedí dubitativo.
— ¿Usted me espera acá? —le dije con el temor de un chico que empieza la escuela y teme que la madre se marche.
—Si, vaya tranquilo hombre.
Troté hasta el auto. Comprobé enseguida que el habitáculo estaba inundado. Me senté en la butaca y no resistí darle arranque para ver que pasaba. Muerte absoluta. Saqué los papeles, los lentes de sol, las llaves y unos cuantos CDs. No omití sustraer un paquete de galletitas aún seco y las cosas del baúl. Cerré todo y volví con el panzón.
Ahora sí, nos internamos en lo profundo de la calle.
Las viviendas eran separaciones apoyadas contra la pared de la cueva, de cuatro o cinco metros de ancho. A excepción de unas pocas, no tenían cerramiento de frente, y las que lo tenían carecían de puerta. No había privacidad. Alguna que otra contaba con televisor blanco y negro, todos invariablemente encendidos y en ausencia de espectadores. Las precarias viviendas estaban iluminadas por faroles que, luego supe, quemaban nafta o gasoil. De tanto en tanto había alguna lamparita eléctrica.
Sobre la calle central de la gruta, tres o cuatro chicos jugaban a salpicarse en un charco marrón crecido por la lluvia. De una de las casas salió una mujer gorda que les grito con algún acento provinciano
— ¡Dejen de joder con el charco, ché! Que después hay que lavar todo.
La mujer tenía en brazos a un chiquito que no llegaba al año, y al parecer estaba embarazada. Le faltaban casi todos los dientes.
—Ramona —dijo Don Julio—. Tiene cinco chicos y está esperando el sexto. Así son. Y de esto hay mucho acá. Se encaman con el primero que pasa y después lloran miseria porque se llenan de hijos.
— ¿Y hace mucho que está acá?
—Ramona nació acá. El padre se cayó al bache de Alcantarilla Grande con un Fiat 1500, creo. Allá se juntó con una chaqueña que murió a poco de nacer la nena. El se vino con Ramona para El Cruce. Pero cuando la chica tenía doce o trece, al hombre le agarró no se que mierda de los huesos y se murió. Así como la ve, apenas pasa los veinte la piba. Ahora está gorda, pero hace unos años era un bomboncito.
Después de hablar un ratito de los antiguos encantos de la joven, se me acercó y me dijo en tono bajo.
— ¿Ve aquel morochito que está pateando el agua? —señaló con discreción a uno de los chicos.
—Si, ¿el que tiene el ombligo para afuera? —busqué confirmar.
—Si, ese, el mayorcito —dijo. Y sin dejar de mirarlo agregó
—Es mío.

Caminamos en silencio un rato más y doblamos por un pasadizo angosto que se abría hacia la izquierda. El olor a excrementos humanos se hizo más intenso.
—Esta es una alcantarilla abandonada que sale a La Plazoleta. Pegadito corre el alcantarillado nuevo, que ahí sí, no tenemos acceso. Son independientes pero cuando llueve mucho, el agua servida se filtra por las grietas y nos trae ese olor que se siente.
— ¿Y es muy grande este sistema de alcantarillas que ustedes usan?
—Inmenso. Hay una ciudad debajo de la ciudad. No son solo las alcantarillas. Por acá corren ríos subterráneos, túneles antiguos, napas vacías o a medio vaciar. Y hasta donde sé, está todo conectado. Usted puede ir de Congreso a Morón caminando por abajo. Eso sí, hay que saber por donde agarrar.
Don Julio gesticulaba y me codeaba continuamente mientras hablaba. Hacía silencios breves y después retomaba el hilo.
—Hay un tipo en Napa Seca que estaba haciendo un plano de todo. Creo que era cartógrafo el tipo. No sé si lo habrá terminado. Acá nos movemos un poco del bache donde nos caímos y ya no sabemos donde estamos; digo, qué barrio pasa por arriba ¿vio?
— ¿Y hay mucha gente viviendo aquí abajo?
—Sí mucha. ¿Quién sabe cuantos?
Hizo un silencio y continuó.
—Alguna vez escuché algo de trecientos mil o tres millones, no me acuerdo bien. Mucha gente, mucha gente. Imagínese, hay como doscientos baches en Capital y dicen que más de mil en el conurbano. Pero ¿Quién va contar a la gente acá abajo? Nacen muchos y se mueren muchos todos los días. Y nada se anota en ningún lado. Registro Civil no tenemos —hizo una carcajadita— y los de arriba no van a venir acá abajo para contarnos a nosotros ¿vio?
—Pero Don Julio, es una barbaridad que esté toda esta gente aquí, viviendo entre la mierda, separada de todo; y que existan esos baches monstruosos, tragándose a los autos vaya uno a saber desde cuando. ¿Cómo no los arreglan?
Entonces el gordo me clavó una mirada casi paternal, como si yo fuera un jovencito que no sabe nada de la vida.
—No los arreglan —dijo— porque a nadie le importa un carajo hasta que se cae acá.

Al final de la alcantarilla vieja se abría una caverna inconmensurable que se hundía hacia abajo más de cien metros. Desde donde estábamos, era como un valle poblado visto desde la sierra. Las casas se distribuían sin orden dejando unos pasillos angostos y serpenteantes que desembocaban de tanto en tanto en callejuelas más anchas. Casi todo estaba iluminado con faroles a nafta y una humareda gris se acumulaba contra el inmenso techo de la caverna.
— ¿Qué es esto? —pregunté conjurando un escalofrío.
—La Plazoleta —dijo Julio—. Linda vista ¿no? Acá vivo yo. Este es el centrito del asentamiento. Desde acá no se alcanza a ver, pero más allá sigue bajando y termina en un lago subterráneo. Casi toda el agua que tomamos sale de ahí. Cuando afuera llueve mucho, el nivel del lago sube y se inundan todas las casitas que están en la orilla. Siempre hay algún pelotudo que se hace la casa ahí. Bah, es que tampoco va quedando mucho espacio.
El gordo señalaba con el dedo desde lo alto, como un guía turístico poco instruido. Empezamos a bajar por un sendero que serpenteaba la pared de la cueva. Cada tanto se intercalaba una escalerita hecha de ladrillos para salvar algún descenso complicado. Un tramo largo de la ladera era una pared de ladrillos. La pared era muy vieja y buena parte estaba apuntalada con un enjambre de durmientes desordenados que la sostenían por todas partes. Inmediatamente después de la pared, el terreno descendía en una barranca pronunciada que llegaba hasta las primeras casas.
—Esta pared en cualquier momento se nos viene. Del otro lado está el alcantarillado activo y cuando se llena hasta arriba, la presión es tremenda y tiemblan todos los ladrillos.
Media hora nos llevó llegar abajo. Don Julio jadeaba y definitivamente había dejado de hablar. Su silencio encendió mis pensamientos.
¿Qué era todo esto? Nutriéndose de gente caída en lo baches de las calles de Buenos Aires, se había edificado esta ciudad subterránea, formada por asentamientos precarios, al costado de ríos de excrementos que drenaban desde la superficie. Una ciudad formada por quién sabe cuántos barrios, construidos con partes herrumbradas de automóviles caídos en desgracia. ¿Qué clase de estupidez era esta? Sin embargo, allí se alzaba frente a mi La Plazoleta, una barriada oscura que se extendía hasta perderse de vista, emplazada en una gruta inmensurable cuyas costas lamían las napas negras de un agua dudosamente potable. Vista desde lo alto, La Plazoleta era el mismo infierno, con su fuego multiplicándose en un millón de farolas y su humo aplastado contra el techo sin posibilidad de fuga. Ya adentrados en el caserío, todo era un enjambre de chicos harapientos jugueteando en el fango, ignorantes del cielo y del sol, fabricando la alegría con sus juegos sin forma para hacerle pedorreta al averno que, tal su mítica naturaleza, debía bregar por el sufrimiento eterno de sus moradores.
Mimetizados con la herrumbre de las casas, todos los ánimos estaban oxidados y nadie hablaba ya de salir de allí. ¿Qué infierno puede prescindir del deseo de fuga de los condenados? Este puede. Poco a poco comprendí que los hombres caídos en los baches debían dedicar tal esfuerzo para vivir el “día a día” en el infierno, que no les quedaban bríos para alimentar la esperanza de volver al cielo. Algunos otros, en cambio, se quedaban porque eran el diablo; y en general resultaba difícil distinguir a los unos de los otros.
Cuando Don Julio dejó de jadear, empezó a hablar.
—Acá es siempre de noche. La mayoría desconoce lo que es la luz del sol; nació acá abajo y no la vio nunca. Pero con los faroles nos arreglamos bien. Por suerte estamos bien provistos de combustible. El negocio de la nafta es del “ruso” Wyzocky. El tiene pinchados los tanques subterráneos de veinte o treinta estaciones de servicio de arriba y sabe cuanto sacarles por día para que no se aviven. Cuando estaba arriba, el tipo trabajaba de eso, y sabe. Al parecer, todos los tanques viejos tienen pérdidas por filtraciones pero cuando las pérdidas son chicas no les conviene arreglarlos. Le agregan agua y listo. Imagínese, para arreglarlos tienen que levantar todo el boliche.
Se interrumpió para saludar a un muchacho levantando la mano aparatosamente. El otro apenas levantó el pulgar desde su silla.
—También tenemos algo de electricidad, porque acá hay cables gruesos que pasan por todos lados. El problema con la electricidad es que hay que distribuirla con cables y es un quilombo. Con la nafta es más fácil: se mete en un tacho y se trae con un carro. Ruedas nos sobran.
Ahora que lo mencionaba, era curioso que con tanto elemento automotor no hubiera automóviles en uso. La Plazoleta contaba con algunas calles suficientemente anchas para circular, pero hasta ahora, solo había visto dos o tres carros conjurados con pedazos de carrocería y tracción a sangre. Se lo pregunté.
—Los autos que se caen en los baches quedan destrozados y mojados hasta la coronilla. No andan más. No se pueden arreglar casi nunca. Y los pocos que lo arreglan se van por donde vinieron.
“Y los pocos que lo arreglan se van por donde vinieron”. El corazón me dio un vuelco. “se van por donde vinieron”. Una algarabía me recorrió la médula. “se van” “se van” “se van”, me sonaba ecualizado en el medio del cráneo.
— ¿Cómo dijo? ¿Si yo arreglo el auto me voy? ¿Y por donde salgo?
—Mire Fernando…
—Fabián.
—Fabián. (¿yo que dije?) Si usted arregla el auto se va, sí, pero lo mejor es que no se haga ilusiones. Los casos de regreso a la superficie son rarísimos y la verdad es que nunca podemos saber si el tipo llega vivo o muerto. Primero hay que tener la enorme fortuna de poder arreglar la mecánica. Después tenemos que pelearnos con el cableado. Generalmente está todo cortocircuitado y no se puede arreglar. Y cada vez lo complican más los hijos de puta: Que la plaqueta de encendido, que la inyección multipunto. Hoy uno se tira un pedo y salta un sensor que le para todo el auto. Caerse al bache es siempre igual de fácil, pero salir es cada vez más difícil.
—Pero esos pocos, poquísimos, que pudieron salir ¿por dónde se fueron?
— ¿Y por donde se van a ir? Se van por donde vinieron. Si usted se puede caer de allá para acá, también se tiene que poder ir de acá para allá por el mismo lugar. Me extraña, Fernando. Nada se pierde, todo se transforma, como dijo Isaac Newman.
Estuve a punto de decirle que Isaac se llamaba Newton, que la máxima era de Lavoisier y que no tenía nada que ver con la reversibilidad de las trayectorias. Pero sentí que sería como escalar el Everest y solo acoté:
—Fabián.
— ¿Qué Fabián?
—Yo. Me llamo Fabián.
Al cabo de un rato ya sabía todo lo necesario. Una vez compuesto el vehículo, debía tomar carrera de frente al río, y lanzarme a sus aguas con la mayor velocidad posible. Y una vez bajo el agua, debía tratar de conducirlo hasta la salida, que debía verse como un agujero de luz, arriba. Eso era todo. Si podía reparar el auto, podría salir.
Me invadió una paz absoluta. El infierno tenía puerta de salida. Y ahora que podía pensar en otras cosas, le cambié de tema.
— ¿Donde estamos yendo, Don Julio?
—Lo llevo a lo de Catalina. Es una viejita macanuda, ya va a ver —su mirada denotaba una trampilla—. Hace poco se le vació el nido y es seguro que tiene lugar para usted.
Súbitamente, de entre la maraña de chicos, el gordo pescó a una niña jalándola de una trenza a medio deshacer.
— ¿No lo saludas más al tío? —le dijo.
La niña tenía unos diez años y mucho miedo.
—Ahora, cuando vuelva te voy a atrapar y te voy a hacer cosquillitas.
La nena se soltó y escapó a la carrera.
—En un par de años va a estar a punto de caramelo la mocosa —remató con una sonrisa amplia mientras veía como la niña se perdía entre el caserío.
Para ese entonces ya quería librarme de ese personaje grotesco. Pero lo necesitaba para llegar al mecánico. El mecánico me abriría la puerta de salida y yo me libraría de ese personaje y de todo su mundo.
Llegamos a la casa de Catalina.
Detrás de un cortinado de tela que hacía las veces de puerta, salió una mujer madura, ya pasada de los sesenta. Su cabello era de un rubio casi blanco y sus cejas de un castaño casi negro. Su rostro mostraba arrugas escasas pero gruesas, y eran más una profundización de antiguos rasgos que arrugas propiamente dichas. Tenía un batón raído que terminaba veinte centímetros arriba de la rodilla y que no alcanzaba para conjurar el amasijo de pechos sin sostén.
Me miró y le dijo a Julio
— ¿Un bachero recién nacido?
—Sí Caty, recién salidito del agua. Y no llega a los cuarenta, según creo.
La vieja me inspeccionó como quien compra a un esclavo. Me dio la vuelta sin dejar de mirarme de arriba abajo.
— ¿Y no tenés donde dormir, vos?
Yo guardé silencio.
—No tiene lengua. ¿Tendrá nombre?
—El muchacho se llama Fernando —dijo Julio haciéndome una mueca furtiva instándome a dar señales de vida.
—Está bien, gordo, me lo quedo —le dijo la vieja. Y se fueron para un rincón de la casucha. Conversaron un instante, Caty le dio una bolsita con prendas y Julio se fue.
Antes de irse me dijo
—Mañana lo paso a buscar para ver lo del auto.
Me quedé solo con la vieja.
—Sentate Fer. Debés estar cansado. Llegar es siempre como un parto, duele como la puta madre, pero uno se va acostumbrando al dolor de vivir en una tumba y enseguida deja de notarlo. Un cliente me dijo una vez: el sufrimiento es la resta entre lo que se desea y lo que se tiene, de modo que para dejar de sufrir, hay que dejar de desear lo que no se puede tener. Y así vivimos acá abajo, sin ganas de nada ¿viste?. Somos todos budistas —hizo una risita— , y eso que la mayoría ignora quien carajo fue Buda.
Mientras hablaba, Caty llenaba un vaso con un agua medio amarillenta.
—Tomá —me dijo—. Ya está hervida. Acá hervimos el agua rigurosamente. Desde que tuvimos la epidemia, hervimos el agua.
Sujeté el vaso y lo miré con una desconfianza absoluta. El agua tenía un suave aroma a baño de estación de tren, y mientras la nariz se negaba, la garganta la pedía a gritos. Resolví la disputa tapándome la nariz y bebiendo todo hasta el fondo como remedio feo.
—Quedate tranquilo. En un par de días el olor a mierda no se siente más.
Me hizo una caricia desde atrás en la mejilla derecha, mientras en la izquierda sentía la presión leve de sus pechos mullidos. Y lejos, lejos de todo raciocinio, me ocurrió un latido de erección incipiente. Resolví hablar para acallarlo.
—Mire Caty, le agradezco mucho su hospitalidad, pero yo pienso irme de aquí cuanto antes, y realmente espero no quedarme ese par de días. Y sería muy feliz si no me adapto al mal olor del aire. Todavía estoy asombrado por la existencia de este mundo aquí abajo. Cuando salga voy a avisarles a todos para que los vengan a sacar. Voy a hacer un gran escándalo.
Caty me miró con ternura y me acarició más.
—Sabés Fer —para entonces ya me había resignado al bautismo—, durante muchos años yo fui la puta más grande de La Plazoleta; algo que los tipos deseaban y podían tener. Y escuché a muchos como vos, recién llegados, con el plan de irse y avisar. La mayoría no pudo salir y respecto a los pocos que se fueron, no sé si habrán avisado, pero nadie nos vino a rescatar. Además, si vinieran yo no sé cuantos se irían.
Se apartó de la silla, se dirigió a una mesada y colocó una olla grande sobre un fuego pequeño.
—Yo soy hija y nieta de bacheros. Cuando mi bisabuelo se cayó con la carreta, acá ya había gente viviendo. ¿A dónde voy a ir? Vos me hablás del olor a mierda y yo casi ya no lo conozco. ¿Quién se va a ir? ¿Don Julio? Ese no se va ni en pedo. Le gustan la nenitas de doce. Arriba termina preso. Acá abajo a nadie le importa. ¿Se van a ir los chicos? ¿A dónde se van a ir?
Cortó en pedacitos una carne rara y la echó a la olla.
—De acá no se va nadie, no porque no haya salida sino porque del otro lado ya está todo lleno. ¿Vos querés avisar? —agregó—. Yo te digo que ya saben.
Al rato estábamos cenando a la luz de un farol que quemaba un trapo sucio embebido en nafta, sobre una mesa oxidada y llena de bollitos.
—Es el techo de un 600 planchado a martillazos —explicó—. Las patas son los parantes originales —agregó orgullosa.
La comida estaba exquisita
— ¿Qué es? —pregunté ya al final del segundo plato.
—Topo con hongos. Sabe a conejo ¿Nunca comiste conejo?
Me quedé unos segundos tratando de registrar al topo. Me acordé del Topo Gigio.
—Pero el topo es un ratón —dije pensando en voz alta.
—En realidad, los ratones son muy chiquitos. Esto es como un ratón, pero del tamaño de un conejo, o un gato.
— ¡Rata! —grité y me puse de pié, mirando el plato.
Caty lanzó una carcajada tirando atrás la cabeza. La vieja y la olla eran ahora una bruja y su caldero.
— ¿Qué esperabas Fernandito, lomo al champignon? No querido. Acá comemos hongos, ratas, rata con hongos y hongos con rata. Otra cosa no hay. Eso sí, hay mil variedades de hongos y cada una le da su gustito. ¿No dijiste que te había gustado? Ahora tranquilizate ¿Qué vas a hacer? Ya te lo comiste.
Y me tranquilicé ¿Qué iba a hacer? Ya me lo había comido.
Charlamos un rato. Me contó que vivían del trueque. Que había un intercambio acotado pero continuo con los de arriba; que por unos agujeros, unos individuos de la superficie, mayoritariamente asiáticos, les pasaban prendas para coser y zurcir, y a cambio del trabajo le entregaban objetos de todo tipo: Televisores y radios usados, del tiempo de la caramañola, especias, vajilla, ropa, todo tipo de cosas; que en general había que trabajar mucho por poco, pero que igual se las rebuscaban para quedarse con mercadería que se “perdía” en el ida y vuelta; que había tantos vestiditos y ropita interior de niña, que terminaron utilizándolos como moneda. Finalmente graficó en tonada de chacarera:


Dos ratas son tres bombachas
Tres ratas, un vestidito
Las picamos con un hacha
Para agregar al guisito

La canción seguía pero me distraje tratando de calcular cuantas bombachas eran un vestidito.
Habló un rato largo la vieja, pero la cena trajo a la modorra y la modorra, el sueño. Y a mi se me cerraron los ojos en el medio de la clase.
Había una sola cama, muy grande, pero muy una. Estaba hecha de neumáticos apoyados sobre el piso, paneles insonorizantes de techo, puerta y baúl y unas frazadas arriba para intentar vanamente alisar todo lo anterior. Caty se quitó el calzado y se acostó. La miré unos segundos y pregunté
— ¿Y yo donde duermo?
—A mi derecha o a mi izquierda. Donde prefieras.
Me pasé los siguientes minutos en un enredo discursivo, tratando de explicarle que yo no quería saber nada con ella…, pero que ella era igual muy atractiva…, pese su avanzada edad…, que no se le notaba para nada…
—Acostate, dormite y dejate de joder —me dijo con un tranquilizador tono de reprimenda.
Me acosté y me dormí mirando una ventana formada por dos puertas con ventanilla, dispuestas una a continuación de la otra.
Me desperté a mitad de la noche con los ardores de un sueño erótico y no pude dejar de notar que la vieja yacía desnuda y con la cabeza encaramada en mi entrepierna, yendo y viniendo, arriba y abajo. Y asimismo, pude comprobar que parte de mi cuerpo se había despertado antes que yo.
Ladeé la cabeza hacia la ventana. El barrio dormía y roncaba. A lo lejos, la pared apuntalada con durmientes parecía a punto de estallar, y entre sus ladrillos viejos ya brotaban las aguas servidas de Buenos Aires, chorreando en hilitos brillantes que se juntaban abajo y formaban un delta marrón que iba abrazando las casas. Volví la cabeza hacia delante. La cosa se estaba poniendo linda. Por un instante me olvide del bache, de la cueva, de las ratas y de la mierda que bajaba como un río y ahí mismo me cogí a la vieja contra el colchón de neumáticos. ¿Qué iba a hacer?
Quedamos tendidos boca arriba mirando las formas del humo que tapizaba el techo de la caverna.
Caty tenía ganas de hablar.
— ¿Sabés? Desde que dejé la prostitución me volvieron las ganas de coger. Mirá que es jodido el humano. Ahora de vieja me desvivo por hacer gratis lo que antes cobraba un dineral.
Hizo un silencio como esperando el contrapunto. Yo permanecí callado.
—Y lo peor es que ya casi no hay tipos. A excepción de los que se caen de los baches, los demás se mueren cada vez más jóvenes. Eso sí, está lleno de chicos. Claro, engendrarlos es fácil y hasta entretenido, pero criarlos, eso es lo difícil. La mayoría se muere de un raspón infectado.
Hizo un silencio como invitando de nuevo. Yo permanecí callado y ella siguió hablando.
Me contó de un lugar llamado Napa Seca, una caverna más grande que diez Plazoletas, poblada hasta las laderas y con un hormigueo permanente hacinando las calles las veinticuatro horas de la noche.
Hizo otro silencio y yo permanecí callado.
— ¿Me estás escuchando? —espetó.
—No.
—Estás pensando en otra cosa —preguntó afirmando.
—Sí.
— A ver, contame. ¿En qué estas pensando? —moduló con la ternura de quien espera a un hombre quebrado al fin, desterrado al infierno, añorando el paraíso, desnudando su alma entre sollozos espasmódicos.
Yo entrecerré los ojos y me despaché con el problema.
—Si dos ratas son tres bombachas y tres ratas un vestidito, entonces un vestidito son cuatro bombachas y media ¿verdad?
—Sí, puede ser —dijo con desilusión.
—Y digamé, Caty, ¿por qué no adoptaron directamente la simple equivalencia de un vestidito por cinco bombachas?
Caty pensó un instante y preguntó genuinamente interesada.
— ¿Y como pago una rata?
No había pensado en eso.
— ¿Ahora como la paga? —inquirí.
—Con un vestidito y tres bombachas de vuelto.
Y me cagó.
Me puse de costado, mirando a la ventana y me volví a dormir.
A las dos horas de un sueño pesado, la vieja y yo saltamos de la cama sacudidos por un estruendo prolongado y un ruido de cosas grandes que se rompían. Miré por la ventana con una jaqueca que me llegaba hasta el alma y una rueda de camioneta dibujada en la espalda. Henchida la alcantarilla de su crema fétida, toda la pared apuntalada con durmientes se había venido abajo. Los escombros rodaron unos cien metros en picada y destruyeron los ranchitos más cercanos. Detrás de los cascotes se abrió paso con un sonido atronador el abominable caudal de aguas servidas, discurriendo como un río por la ladera hasta hacerse laguna en el llano. La mitad de La Plazoleta quedó inundada.
La vieja pegó un salto de la cama y comenzó a mover paquetes desde el piso hasta la mesa. Su cuerpo desnudo tenía ahora la sensualidad de un platelminto. Los paquetes eran fajos de bombachas y vestiditos de todos los colores. Hizo montaña en la mesa y continuó apilando más en los estantes de un modular. La vieja era millonaria. Cuando terminó de salvar el último paquete, un agua espesa y marrón comenzó a filtrarse por debajo de la cortina de entrada.
El aroma de las heces me pegó una cachetada que me arrugó la nariz y todos los músculos de la cara. Atiné a taparme las vías con un trapo cualquiera. Más tarde comprobé que era el batón de la vieja. El agua llegaba a la mitad de los neumáticos y hacía olitas que lamían las mantas de la cama. Me incorporé y hundí los pies en el suave y aterciopelado estiércol. Colgué el batón en la espalda de la vieja y me calcé pantalones y camisa, enchastrando todo.
Salimos afuera. El barrio despertaba con un centelleo de faroles que se encendían por todas partes. Desde la alcantarilla rota seguía bajando un buen caudal. La sopa marrón ya había diseñado un cauce que atravesaba impávido las casas y desaguaba en el lago. El griterío comenzó a ganar la calle. Una cuadrilla improvisada se trepó por el sendero de la ladera y llegó al lugar de los hechos. Al rato, una veintena de chicos estaba levantando una barricada de tierra para obturar la herida de la alcantarilla. Mientras tanto los mayores debatían sobre cual sería la mejor solución, sentados en una plaza de la zona alta.
—Ahí tenés —dijo Caty repentinamente, y señaló la alcantarilla— tu puerta de salida.
La miré con una algarabía que contrastaba con el mundo.
— ¿Cómo dice?
—Según creo, esa alcantarilla te lleva derechito al Riachuelo. Son varios kilómetros, pero si te animás…
Por supuesto que me animaba. Caminamos juntos hasta el comienzo de la barranca empinada. Le dí un beso de telenovela y empecé a trepar. Desde abajo, oigo que me grita.
—Seguí el curso de la mierda, que la mierda te lleva.
Asentí con la cabeza y medio tronco. Llegué arriba; me filtré por el hueco del derrumbe esquivando a los chicos que seguían acarreando tierra. Durante cinco segundos observé el perezoso discurrir de un sorete, y enfilé hacia la derecha.
Después de la segunda curva, la oscuridad se hizo absoluta y tuve que ir tanteando la pared para reconocer el adelante y el atrás. Además del hedor, había allí cosas que se movían, me rozaban las piernas y huían con un chapoteo chiquitito. Soporté el viaje pensando en su destino, y tarareando de a ratos la chacarera de la vieja.
Después de un tiempo imposible de medir con los relojes, divisé una claridad adelante, pegando contra el siguiente codo de la tubería. Llegue al codo y vi más luz en el siguiente. Doblé la última curva y allá al fondo me cegó un semicírculo. Era el final del recorrido. Luego de volar desde el lejano sol hasta la cloaca, la luz transformaba en una lámina de oro a la superficie vaporosa del estiércol. Más allá del agujero se extendía el Riachuelo, y sus aguas negras eran para mí un paraíso de luz y color y aire libre y cielo azul. Desagüé en esa pasta de excrementos y taninos y braceé con energía hasta la orilla. Cual zombie malvado de film holywoodense, salí del fango cubierto de colgajos de pasto macerado. Y como un perro que se rasca el lomo, me revolqué en el pastizal de la rivera para limpiarme lo más grueso de la pátina. Quedé tirado boca arriba con el cuerpo exhausto y la mirada fuera de foco, clavada contra el techo del mundo.
La odisea del bache había terminado.

Después se amontonaron las horas. Caminé hasta dar con un cabo de la Federal. Le pedí que me llevara a la comisaría. El pibe habló por radio con un jefe incrédulo.
—Si Jefe, un masculino.
—Brrubrrrrubrrru…
—El masculino se encuentra en un estado… está lleno de mierda, Jefe.
—Brrubrrubrrruparrracá.
—Yo, así, al patrullero no lo subiría, Jefe.
—¿Brrubrrubrrubrru?
—Afirmativo. Hasta las orejas.
Me vinieron a buscar con un carro de asalto. Me manguerearon desnudo en el patio de la seccional. Me dieron ropa limpia y grande y me llevaron al despacho de un Subinspector Piñeiro.
—Señor… —leyó mi nombre en un papel— Fabián Rubén Lopez ¿Me quiere decir donde mierda se metió?
Le expliqué la historia en resumen, esperando su asombro. El hombre repitió la historia impertérrito, resumiendo un poco más.
—Mhú —dijo—. Se cayó a la cloaca y estuvo con los tipos que viven en la alcantarilla. Finalmente salió por una tubería que da al Riachuelo. Por eso lo encontramos así. Tiene sentido.
Dio vuelta unos formularios sin quitarle la vista de encima y continuó.
—Bien, aquí no hay ningún delito de modo que usted puede irse. Ya dimos aviso a su esposa que viene para acá con una muda de ropa. La pobre mujer estaba muy preocupada. Se ve que lo aprecia mucho…
Me paré para retirarme y el Jefe me detuvo.
—Una cosita mas, Lopez. Usted sabe que revisamos su ropa y… no encontramos calzoncillo —hizo un silencio para pitar su cigarrillo mientras me clavaba una mirada desafiante. Yo hice memoria desesperadamente. El continuó.
— ¿Qué raro no? La mayoría de la gente usa un calzoncillo debajo de los pantalones. No creo que se los haya sacado porque estuvieran cagados ¿no?
Con el apuro de la inundación en La Plazoleta, me había olvidado los calzoncillos en lo de la vieja.
—Vaya —remató con clemencia—. Y le sugiero que a su señora le cuente otra historia.
Llegué a casa y me interné en el baño. Me duché para lavar hasta el último resquicio del estiércol. El agua enjabonada hizo remolino en el desagüe y se fue del mundo. Me duché otra vez para limpiar el alma de toda esa pesadilla absurda. El agua hizo remolino en el desagüe y se fue de mi presencia limpia. Después me duché para lavar los recuerdos, y el agua se fue y se fue. Después sentí una descompostura en el vientre, me senté en el retrete y despedí toda la inmundicia del caldero aquel. Presioné el botón del depósito y un agua cristalina se tiñó de azul cielo con la pastilla desinfectante y lavó la bacinilla dejándola brillante y perfumada, mientras su carga fétida se hundía por los caños y desaparecía con su magia de mi presencia digna, perdiéndose vaya uno a saber dónde, alejándose de mi, alejándose de la civilización, alejándose de todos nosotros. Y al final de mi aseo vi el baño blanco, limpio brillante y perfumado. Sujeté el vaso del enjuague bucal, lo llené de agua y lo levanté en dirección al inodoro.
—Brindo por la civilización —dije en voz alta.
No sentí culpa. Yo era de arriba. Así lo había dispuesto Dios, Nuestro Señor y Padre de todo lo creado.
Los siguientes fueron días de olvidar y olvidar. De olvidar obstinadamente, de olvidar meticulosamente. Atrapaba los recuerdos cuando aparecían y los imaginaba hundiéndose en la tierra, o estallando en una brillantina etérea. Así maté al bache, a la cueva, a Don Julio y a la vieja. Poco a poco me fui deshaciendo de todos los elementos de esa aventura abominable. Y ocupando su espacio, volvía mi vida cómoda de burgués rioplatense; con un trabajo, una casa, una esposa y unos hijos, con reuniones de padres en el colegio, y escapadas al club de tenis, y tertulias familiares los domingos, y encendidas charlas de política local.
Un buen día no tuve más recuerdos. Ya no volvieron las imágenes ni las voces ni el olor. Ese día fui libre. Estuve atento a toda hora y no hubo un solo recuerdo. Y el día siguiente, y el otro, y todos los demás. El bache había muerto. Y yo fui feliz.
Abrí las persianas del semipiso y aspiré a la Buenos Aires amiga. A mi espalda Mozart llenaba los espacios de la casa, a bajo volumen, resblando suavemente sobre el porcelanato. Tuve ganas de reír de alegría y proferí una carcajada. Tuve ganas de cantar y canté. Y así, cantando, pude comprobar que sobre el bloque gélido de recuerdos aciagos, trabajosamente sumergidos en la profundidad del inconciente, perviviendo como un iceberg que anhela el cielo, trayendo el horror a mi garganta, se me había pegado para siempre la copla de esa puta chacarera:

Dos ratas son tres bombachas
Tres ratas, un vestidito
Las picamos con un hacha
Para agregar al guisito