jueves, 25 de febrero de 2010

Entre la Patagonia y el Cielo (cuento)



El motor del auto empezó a toser. Lo arrimé a la banquina, hizo un temblequeo y se detuvo. Las luces parpadearon y se apagó todo. Me bajé a las puteadas. Estaba en el medio de la nada, en una ruta provincial, en Chubut, a mil kilómetros del humano más cercano y a treinta metros de un puentecito que salvaba un arroyo ignoto.
Eran las dos de la mañana. Es el hábito que uno tiene de viajar de noche, para ir tranquilo.
Abrí el capó y me quedé mirando ese revoltijo misterioso de hierros y cables que generalmente está debajo. Intenté una llamada por celular, pero estaba huérfano de toda señal.
A lo lejos, aullaron unos perros, graznaron unas aves, rebuznaron unos caballos y el cielo se empezó a iluminar.
Miré para arriba y me quedé con la boca abierta observando el espectáculo.
A cien metros sobre mi cabeza y un poco hacia el norte, flotaba un objeto inmenso, lentejoide, luminoso y giratorio. Hacía un zumbido finito, como de avispa, que iba cambiando de agudo a grave.
Se me erizaron todos los pelos del cuerpo. No atiné a nada, más que a mirar y encomendarme a Dios.
La maquina infernal dejó de girar. De su piso se abrió un agujero circular y desde allí emergió un tubo de luz blanca y fuerte que se proyectó hacia el suelo.
Por el tubo vi bajar un ser.
Me puse a temblar. El pecho me latía como para reventar ahí mismo.
El ser hizo contacto con la superficie y se me empezó a venir para acá. Tenía formato humanoide: Cabeza, tronco y extremidades. Ni cola ni cuernos ni pico ni escamas. Eso me tranquilizó un poco. No se por qué.
Cuando lo tengo a diez metros, oigo que me grita
— ¿Qué hacés, Turco?
Me agazapé para mirarlo bien, como si de más abajo se viera mejor.
— ¿Carlitos?
— Sí, Carlitos, Carlitos. ¿Cómo andás viejito? Tanto tiempo.
— Pero Carlitos, la puta que te parió. ¿Cómo me bajás así, de un plato volador? ¿Me querés hacer morir de un infarto? ¡Pedazo de pelotudo!
Se lo dije realmente enojado y como descarga natural después de tanta tensión. Al segundo estábamos fundidos en un abrazo.

Después de muchos años de corretaje, uno tiene una barra de amigos en cada pueblo que toca. Con Carlitos nos veíamos cada vez que yo bajaba a Comodoro Rivadavia para tomar los pedidos de zapatos; lo que ocurría con bastante frecuencia porque en la zona, Comodoro es un punto importante.
Nos juntábamos a jugar a la pelota. Después de jugar hacíamos una sobremesa con cerveza y maníes que podía durar hasta las doce de la noche. Hablábamos de todo. Bah, de política, de futbol y de mujeres. Para nosotros, los hombres, hablar de todo es hablar de esas tres cosas. Pero con Carlitos era distinto. A él le gustaba la cosmología y a mí la biología, y muchas veces, cuando se iban yendo todos, nos quedábamos un rato más hablando de esas cosas. El me contaba lo suyo, yo aportaba lo mío y juntos especulábamos con la posibilidad de vida extraterrestre.
Es curioso, pero nunca supe su apellido, ni dónde vivía, ni se me ocurrió agendar su número telefónico.
Un buen día no fue más. Y no hubo forma de contactarlo. Lo había traído un muchacho que hacía tiempo se había ido a vivir a Buenos Aires. Nadie más sabía nada de él.

—Contame todo —le dije—. ¿Qué es esa máquina infernal repleta de marcianos?
—No. Quedáte tranquilo que vengo solo.
Me contó que primero habían sido los avistamientos; después se contactaron con él. Progresivamente le fueron explicando que la galaxia está repleta de mundos muy avanzados, que pueden construir naves interplanetarias capaces de viajar de un mundo a otro en unos cuantos minutitos. Que todos esos mundos son como países donde el tráfico de un mundo a otro es muy frecuente. Que todos juntos forman una gran comunidad. Que la Tierra está próxima a esa tecnología y que por esa razón estaban empezando los primeros contactos con humanos, para que nuestra inminente integración a la comunidad de mundos fuera más armoniosa.
—Ahí nomás me propusieron participar del proyecto —continuó—. El programa era tentador: Yo debía ir con ellos y convivir allí, aprendiendo todo lo que pudiera, hasta que la Tierra estuviera “a punto de caramelo”. Luego junto a muchos otros terrícolas que estaban en lo mismo, seríamos el primer nexo con la Tierra. Así que largué todo y me fui.
Me lo quedé mirando como si lo que acababa de contar fuera de lo más normal. Cualquiera hubiera pensado que estaba loco, pero ahí estaba el cachivache ese, flotando sobre nuestras cabezas.
—Vení , vamos a dar una vuelta que te voy contando.
— ¿Una vuelta dónde? —lo miré con horror.
—A donde vos quieras. Esta nave puede ir a todos lados.
—Estás en pedo. Yo ahí no me subo ni con forceps.
Se rió de mí, como si yo fuera un niño chiquito que le tiene miedo a los aviones.
—Dale, dale. Vení que no pasa nada.
Finalmente accedí.
Nos paramos más o menos debajo de la nave. Carlitos sacó una especie de control remoto de una riñonera que llevaba en el traje, lo apuntó a la nave y oprimió un botón. Inmediatamente se abrieron dos orificios en el piso de la nave y dos tubos de luz se proyectaron sobre nosotros. Sentí como si me jalaran de los hombros. Para mitigar el pánico del ascenso, le grité una broma de un tubo al otro.
— ¡Che! Si yo ahora me cago encima ¿En tu tubo también se siente el olor?
—No. Pero si te cagas encima te bajo y me voy a la mierda.
Nos reímos.
Aterricé sobre un suelo mullido, que parecía de goma espuma forrada con cuerina.
El habitáculo era un gran espacio circular que tenía cuatro efímeras consolas sobre el perímetro, delante de las cuales se destacaban sendas butacas, muy confortables.
—Esta nave es para cuatro. Más chicas no las hacen —comentó—.
En la pared del círculo había doce ventanas circulares que parecían estar abiertas. Me acerqué al descuido y probé sacar la mano por una de ellas, pero me choqué tontamente contra algo sólido, más trasparente que el vidrio.
Carlitos se rió.
—Yo hice lo mismo la primera vez. Parecen ventanas abiertas pero en realidad son pantallas que transmiten justo lo que está del otro lado, con imágenes tridimensionales.
—Que lo parió —musité emulando al Diógenes de Fontanarrosa. En lo sucesivo, diría lo mismo muchas veces: Qué lo parió.
—Che, ¿Y esta nave es tuya? —inquirí.
—No Turco. En estos mundos, la relación entre los objetos y las personas nunca es de pertenencia o propiedad, sino de utilización. Las personas usan las cosas; no las poseen. Todo es de todos y nada es de nadie.
—Uy, que quilombo —pensé.
—Sí —me dijo— parece un gran lío, pero si te ponés a pensar, es mucho mejor. Mirá lo que nos pasa a nosotros. Para que cada persona pueda usar un auto cuando lo quiera, sería necesario fabricar miles de millones de autos. Cada uno tendría el suyo, pero la inmensa mayoría de esos autos estaría en desuso la mayor parte del día. Estos tipos son como diez mil millones, y con un millón de naves alcanza para que todo el mundo que las quiera usar, tenga una. Cuando las dejan de usar las devuelven y unas máquinas se encargan de verificar su funcionamiento y de reacondicionarlas a nuevo, como si fueran la habitación de un hotel, después de que se va uno y viene el otro.
—Claro, es más económico.
—Exacto.
—¿Y si igual vos querés tener una para vos solo digamos que porque se te cantan las pelotas?
—Te operan las cuerdas vocales de las pelotas.
Ambos nos reímos.
La nave, que hacía unos minutitos estaba vibrando un poco, de pronto se detuvo.
—Mirá —dijo— acá vivo yo.
— ¿Cómo? No me digas que la cosa esta estaba andando.
—Ah, sí. Acostumbrate. En unos minutos estás casi en cualquier lado.
Miré por la ventana y vi una playa con arena lila y mar violeta. La gente se bañaba como si estuviera en Mar del Plata. Algunos practicaban deportes acuáticos, otros descansaban en la arena. Había muchos grupitos de gente conversando y todos estaban desnudos.
—¿Están todos en pelotas?
—Sí —me dijo— ¿Qué problema hay? Si no hace ni frío ni calor.
—Dejame de joder, che. ¿Y estos, qué? ¿Están de vacaciones?
No. Esto es lo normal. La vida acá es como estar de vacaciones todo el tiempo. Las máquinas hacen todo. La gente se dedica al esparcimiento, el arte, el estudio, los viajes, y sobre todo, la interacción con los demás. Se desarrollan fuertes lazos afectivos y todo el mundo quiere lo mejor para los otros, como si los demás fueran sus hijos. Esa es la clave de la organización de estos mundos. Y también la llave de la felicidad.
En las siguientes dos horas visitamos cuatro mundos. Todos eran distintos, la gente era distinta, el clima era distinto y las características de los lugares también; pero en todas partes la gente estaba como de vacaciones. Lo que me estaba mostrando era un verdadero paraíso. De algún modo habían logrado que las máquinas hicieran todo: los servicios, el diseño, la detección de necesidades, la producción subsiguiente y el mantenimiento. Prácticamente nadie hacía nada.
Además, los mundos eran maravillosos, como si fueran jardines perfectos, cuidados por jardineros japoneses.
—Esto es como el paraíso —le dije.
—Si, pero además tiene las mejores cosas del infierno. No sabés cómo se coge acá.
—No digas, ché. Mirá vos.
—Sí, son totalmente desinhibidos y hacen todo lo que se les venga en ganas y les guste.
— ¿Y vos cómo hacés? ¿Podés fifar con las marcianas?
—No hace falta. Acá hay muchas humanas haciendo lo mismo que yo. Con ellas interactuamos de lo mejor.
Me quedé pensando en todo eso que estaba viendo. Debía ser realmente maravilloso vivir en esos mundos.
—Vos sí que tuviste suerte ¿eh?
— ¿Viste? —me dijo lacónico.
Después de un rato largo de maravilla tras maravilla, estábamos de vuelta en la Patagonia. Allá abajo pude ver mi auto con el capó levantado.
—Mirá Turco —me dijo ya en tono de revelación mística— Para acceder a esto, además de fabricar naves espaciales, es necesario que los hombres aprendan a ser más afectivos, más cooperativos, más altruistas.
—Ahí estamos fritos —rematé.

La nave se estacionó en el mismo lugar que antes y nos bajamos por los tubos de luz.
—Che, muy lindo todo, eh —comenté.
—Sí ¿viste? —se quedó pensando mientras miraba el horizonte oscuro de la meseta.
—¿Y vos? ¿Cómo andan tus cosas? —me preguntó.
—Mirá, igual que siempre. Viajando de acá para allá, pariendo para que los clientes me hagan los pedidos; después, pariendo para que la fábrica se los entregue y después pariendo para que el cliente me los pague.
— ¿Y siguen yendo a jugar a la pelota?
—Sí. Siempre. Vos sabés que yo juego a la pelota en todos los pueblos de la Patagonia. Siempre la llevo en el baúl.
A Carlitos se le iluminaron los ojos
—¿Tenés una pelota acá, en el baúl?
—Si.
—¡Uy! Dale, sacala un ratito.
Extraje la pelota del baúl del auto y ahí nomás, Carlitos se puso a hacer “jueguito”. Tres, cuatro, cinco, y se le iba para adelante.
—No sabés cuanto hace que no toco una pelota —comentó con verdadero entusiasmo.
Nos pusimos a pelotear un rato al oscuro, bajo la luz insuficiente de una media luna que pegaba de costado.
—Vení —me dijo— vamos a hacer unos arquitos.
El flaco parecía un pibe.
—Pero no se ve una mierda, Carlitos.
— ¿Perdón? —dijo canchereando. Sacó el control remoto de la riñonera, le apuntó a la nave y al momento se encendió una luz como de día, que bajaba desde el piso del artefacto iluminando un círculo de cincuenta metros de terreno.
Hicimos unos arcos con palitos, y allí mismo, en ese vórtice de la Patagonia, nos pusimos a jugar un “cabeza” bajo la luz del plato volador.
Terminamos exhaustos. Nos tiramos en el pasto boca arriba, uno al lado del otro.
—Mi reino por una gaseosa —dijo jadeando.
—¿Vos sabés que no tengo nada fresco en el auto? Llevo el termo con agua caliente para el mate, nada más.
—¡¿Tenés para hacer mate?!
—Sí ¿Querés mate?
—¡Ya mismo, Turco!
Fuimos al auto a buscar las cosas. Mientras yo preparaba el mate, el jugaba a sentarse en la butaca.
Cuando el mate estuvo listo, me dijo
—Vení. Vamos al puentecito aquel, así tomamos mate al lado del arroyo.
Estuvimos un rato mateando y tirando piedritas al agua. Carlitos festejaba cada chupada como si fuera un manjar.
—Che —me dijo— ¿A jugar, siguen yendo todos?
—No, algunos se fueron y vinieron nuevos.
— ¿La garza va?
— No, creo que se casó y no lo vimos más. El que sigue viniendo es el pelado.
— ¡El pelado…!
— Eso sí, cada vez se mueve menos. Es un hijo de puta, juega parado. Parece una estatua. Un día se le va a parar una paloma en el hombro en el medio del partido.
Nos reímos un rato recordando al pelado.
— ¿Y el nene?
— Ese también viene. ¿Vos estabas cuando lo encerramos en el baño?
— ¡Si! Con la gorda Flora que se lo quería voltear.
— ¡Sí! … y el chueco le pasaba los forros a la gorda por abajo de la puerta.
— ¡Sí! … y el nene no quería saber nada.
Se nos pasó el tiempo recordando anécdotas. Carlitos estaba encendido. Se reía a carcajadas. Los dos nos reíamos.
Y ocurrió que después de alguna última historia, la risa se nos fue diluyendo hasta desaguar en un silencio inmenso.
Carlitos se quedó mirando el horizonte asido a la baranda del puentecito.
—Che Turco —dijo después de un silencio largo— ¿Vos sabés que el aire tiene olor?
Lo miré como preguntando.
—Sí, tiene olor. Y es distinto al olor del aire en otros mundos. Este es único. Me trae a mi vieja, ¿Cómo estará? Me fui sin decir una palabra. ¡Que bestia! ¿No?
—Y, sí.
—Y me trae esos domingos, cuando nos juntábamos todos en lo de mi abuela. Iban mis tíos, mis primos. No sabés como jugábamos con mis primos.
Había una película en el aire que veía solo él. Pero se le notaba en los ojos que la estaba mirando. Volvió después de un rato. Me puso la mano en el hombro y me dijo.
—Me tengo que ir, Turquito.
—Si. Ya sé, ya sé.
Nos abrazamos. Pude sentir en la espalda su mano haciéndose una garra en mi pulóver. Eso me desarmó. Se me nublaron los ojos y tuve ganas de quedarme ahí, abrazándolo y abrazándolo.
Después nos separamos. El también tenía los ojos cargaditos.
—Chau Turquito. Cuidate.
—Chau Carlitos, chau.
Giró y marchó hacia el plato volador. Allá, se fue deteniendo despacito, como una pelota que rueda hasta frenarse. Apuntó a la nave con su control remoto y seguro que apretó un botón.
La nave comenzó a girar, se puso roja, después amarilla, después blanca. Zumbaba, brillaba y giraba cada vez más, mientras Carlitos la miraba desde el pasto. En un momento salió disparada hacia arriba a una velocidad incalculable y en tres segundos se perdió entre las estrellas.
Carlitos dio la vuelta y se volvió para el puente.
—Que pasó —grité.
—Nada.
Se detuvo en la baranda, mirando el arroyo. Tiró el control remoto al agua. El aparatito se hundió, hizo unos globitos y no lo vimos más.
Lo miré desesperado.
—Que se vayan a la puta que los parió —dijo con la voz quebrada al medio.
Ahora sí le vi rodar por la mejilla una lágrima entera.
Y aun con la luz tenue de la media luna, la lágrima brillaba más que las estrellas.

3 comentarios:

  1. Ay,Cristian! De dónde carajo sacás tanta imaginación!!! Me quedo pegada a tus cuentos,qué maravilla!Yo se los voy a empezar a leer a mis hijos,este y el de la ensalada,les va a recopar,como dicen ellos. Por favor,no pares de escribir.Te felicito,tenés que ir pensando en un libro con estos cuentos.
    Bueno,dale,larga con otro,que me quedaron ganas de seguir leyendo.Un abrazo.

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  2. Éste me hizo llorar, che.
    Qué cosas la de la amistad.
    Qué linda historia!!!
    Ojalá un día algún amigo de mi hijo que se fue a España logre hacerle tirar el control a la mierda!

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  3. troll level: marciano xDDD

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