domingo, 27 de diciembre de 2009

El olvido de Galves (Cuento)

Bajó flotando las escalinatas del templo del Dios único. Su rostro irradiaba aquella sensación de paz y plenitud que sucede al encuentro con la divinidad. Respiró el aire purísimo de la mañana y se internó en el ancho sendero de tilos y jacarandaes, florecidos por la gracia de la primavera perpetua. Hacia el horizonte, más allá del bosquecillo que enmarcaba el camino, se extendía una pradera ondulante que alternaba verdes y dorados y donde podían verse como trazos de un artista los caminos de ripio colorado que conducían a las casas.
Galves desactivó el levitador de cinto y se posó sobre el fresco adoquinado. Anhelaba caminar y sentir el mundo ascendiendo desde la suave fibra de la suela. Subiendo y abrazándolo como si fueran uno. Ese mundo que tanto dolor había costado y que al fin había resuelto ser el paraíso. Un mundo que amaba a los hombres, a unos hombres que amaban al mundo. Corría el siglo XXV en algún lugar de la llanura pampeana.


—¡Galves! ¡Galves! ¿Podés dejar eso y venir un poco acá?
Los gritos desde la cocina se venían repitiendo desde hacía cinco minutos. Nunca eran una llamada, siempre eran un reproche, esa mezcla de protesta y acusación que progresivamente se había adueñado del discurso de su esposa.
La canilla de la cocina se había empecinado en no cerrar del todo y Galves no tenía la menor idea de cómo repararla.
—Claro, “llamemos al plomero”. ¿Me querés decir con qué le vamos a pagar? Porque si encontrás la forma de pagarle, tengo una lista así de arreglitos de plomería para que el tipo se entretenga. Pero te recuerdo, por si todavía no te enteraste, que lo que traés apenas alcanza para la comida. Si no te enteraste, digo, porque te la pasás encerrado en ese quilombo que tenés en la cochera escribiendo estupideces.
De algún modo, Galves admiraba esa habilidad que tenía su esposa para criticarle la vida entera en una frase de quince segundos.
Con paciencia desarmaba, armaba y volvía a desarmar el grifo indescifrable toqueteando esto y aquello cada vez hasta que algún intento lograba el objetivo en una operación tan azarosa que nunca dejaba aprendizaje.
Y Galves salía a la calle, caminaba bajo una lluvia fina, fumaba un cigarrillo sin saberlo y pensaba en lo que luego escribiría. Pensaba en ese paraíso futuro de hombres amorosos y máquinas sirvientes y parques infinitos y olor a jazmines. Un mundo donde vivir no fuera la agonía de la muerte sino una experiencia maravillosa. Para escapar de su infierno, Galves escribía el paraíso y al hacerlo, la ficción lo rodeaba, lo abrazaba, lo acunaba en sus brazos protectores y le llenaba de gozo el corazón.
Cuando las luces de la casa se apagaban y toda la ciudad dormía con ese ronquido de ladridos lejanos y jarana de adolescentes callejeros, Galves se internaba en su reducto y continuaba con su relato de la felicidad perpetua.

Sintió que el terreno descendía revelando que el bosque ya había tomado la ladera. Oyó el rumor de un curso de agua que atravesaba el valle al final de la loma. Allí abajo, con su túnica blanca y ceñida, sentada en el borde de la roca lo esperaba Sofil, su amada Sofil. Tenía los pies descalzos sumergidos en el agua del arroyo. Una rama cargada de florcillas celestes bailoteaba a metro y medio de su cabeza, mecida por una brisa apenas fresca.
La chica volteó la cabeza al verlo llegar. Sonrió y aceleró sin darse cuenta el chapoteo de los pies en el agua.
—Mi alma te esperaba en calma y todo mi cuerpo, con urgencia —le dijo.
Galves la abrazó, le acarició con un dedo la mejilla y le mordisqueó los labios suavemente sin dejar de mirarla.
—La lógica impone atender primero las urgencias, mi amada Sofil —respondió mientras armaba una sonrisa.
Se recostaron junto al tronco de una rara especie. Una bandada de pájaros blancos y azules abandonó al instante la copa del árbol, describió un gran círculo en el cielo y volvió al árbol un minuto después.
Al rato yacían recostados contra el tronco con las cabezas juntas y las urgencias resueltas, mirando los pedacitos de cielo que se filtraban entre las hojas del dosel.
—¿Cómo vas con tu novela, mi amor? —preguntó Sofil, sin dejar de mirar el cielo.
—Ya casi la termino.
—¿No me contarás nada?
—Nada de nada, pero puedo prometerte que serás la primera en leerla.
Una esfera metálica atravesaba el cielo, giraba hacia arriba y se hundía en el espacio desapareciendo en un segundo.


Entonces era difícil levantarse a la mañana. Una rutina de años lo arrastraba hasta la calle, lo subía al autobús, lo llevaba hasta la fábrica y lo paraba frente al torno, donde durante nueve horas veía como la herramienta arrancaba una viruta azul de unas barras de metal. Allí, apenas despierto, seguía soñando el paraíso.
Es difícil precisar desde cuándo, pero lo cierto es que Galves había enloquecido. Era una locura invisible pero avasallante: Había decidido mudarse a su novela. Abrigaba la esperanza de que empleando cierta técnica para resolver el final, lograría que su alma, su esencia y todo su ser encarnaran el personaje del Galves de ficción volviéndolo real y haciendo real también todo su mundo. Así, en un pase de magia literario, Galves se iría del infierno y despertaría en el paraíso creado.
Totalmente convencido de la factibilidad de su proyecto, ponía especial empeño en describir esa inconmensurable maquinaria de placer que lo albergaría para siempre: El bosque de eucaliptos, la llanura insondable, las lomadas descendiendo suavemente hasta la orilla, el océano esmeralda y calmo lamiendo con cadencia las arenas blancas de la playa; su casa a orillas del mar, rodeada de jardines imposibles donde una bruma leve iluminada por el sol traía el aroma de un millón de flores. Las habitaciones de la casa —un verdadero palacio— una por una debían describirse, habitación por habitación, detalle por detalle: la biblioteca infinita, el salón de la piscina, el gimnasio, el estudio, las luces y las sombras.
Y conforme avanzaba hacia su meta, Galves se alejaba de todo: Las quejas de su esposa, las riñas de los niños, la situación económica, el reality de moda. La vida entera se transformaba en un ruido del que, con algo de concentración lograba abstraerse para seguir pensando su nueva morada.

Finalmente colapsó la rutina cuando un martes Galves no fue a trabajar. Y no fue un colapso menor. Un patrullero adormecido estacionó en la puerta de su casa a las seis de la mañana. Llorando a mares, la esposa abrió la puerta, y mientras balbuceaba entre sollozos la bonhomía de Galves, condujo al oficial a la cochera. Allí, a un metro de la bombilla eléctrica y colgado de la misma viga, pendía inmóvil el cuerpo sin vida de Galves, ahorcado con una doble soga de tender la ropa. Sobre el escritorio desvencijado unas páginas manuscritas descansaban aun frescas.
El oficial pidió quedarse solo. Leyó los textos con avidez. Al terminar profirió una carcajada. Luego frunció el ceño, escudriñó a Galves con una ceja levantada y se marchó a paso lento, perplejo y aturdido, sumido en un bucle deductivo que parecía no tener fin.
Sobre el escritorio rezaba el manuscrito:

Galves despertó sobre el mullido sillón de la sala de estar. Estiró los brazos, aspiró el aroma de azahares del parque y vio entrar a Sofil con una fuente humeante, la sonrisa tierna, la cadencia del paso, el amor en los ojos.
Se sentaron a la mesa y cenaron hasta estar satisfechos.
Él levantó la copa y celebró
—Brindemos por la finalización de mi novela, y por que tu existes, mi dulce Sofil.
—Brindemos por tu amor y por que me contarás al fin de que trata —replicó ella, sin dejar de sonreír.
Galves tomó un trago, saboreó, paladeó, se hizo buches, tragó, chasqueó la lengua contra el paladar, dejó la copa y habló.
—Es la historia de un pobre hombre de la Buenos Aires antigua que llevaba una vida gris y rutinaria en aquellos días en que los humanos todavía hacían el trabajo —apuró un trago y continuó—. Escribía la historia de un futuro paradisíaco, que casualmente es el nuestro, con la intención de escapar hacia ese tiempo mediante un ardid literario en el desenlace de la obra. Su plan era encarnar realmente el personaje principal de su relato y adueñarse para siempre de su vida, una vida perfecta que su misma pluma había creado. Finalmente lo logra. Ese personaje soy yo mismo, que hace unos instantes llegué al mundo. Esta casa, estos jardines, esa playa, son una ficción creada por el Galves del mundo antiguo. Tu misma, Sofil, eras ficción hasta hace apenas un instante, según versa mi novela.
Sofil quedó callada digiriendo la trama de la historia.
—Me habría encantado ser tu creación, mi amor, pero no puedo evitar el recuerdo de todo mi pasado, mi infancia en la casa del río, los paseos con mi padre por el bosque de pinos, los juegos de niñas en la casa de mis primas. Yo ya tenía una vida antes de que tu me conocieras.
Galves sonrió ante el intento de Sofil de explicar su existencia.
—Mi amor, es solo una novela. De todos modos, nada de lo que has dicho serviría para asegurar la realidad de tu biografía. El universo entero podría haberse originado hace cinco minutos, apareciendo así, como lo vemos, con los vestigios de un pasado de miles de millones de años, con personas con recuerdos de una vida entera, con flores ya abiertas y meteoritos cayendo. Un universo nacido como si ya estuviera en acción desde antes. Y por más descabellado que parezca, no hay forma de refutar esta teoría —hizo una pausa, bebió un sorbo de agua y continuó—. El propósito fundamental de mi novela ha sido hacer creíble este salto del protagonista de una realidad a la otra, por eso he anotado en cursiva los pasajes correspondientes a la realidad, como si fueran el relato de aquel Galves de la antigüedad.
La charla se prolongó un rato, considerando las distintas facetas de la idea, luego se acomodaron en el enorme sillón que dominaba la sala y pasaron a otros temas menos intelectuales.
Pero al rato de jugar el juego de las miradas y las caricias, algo empezó a inquietar a Galves.
—Mi amor, te noto distraído ¿qué te ocurre? —inquirió Sofil.
Galves se puso de pie y la ayudó a incorporarse.
—No es nada querida, solo me preocupa cierto detalle de mi novela que querría verificar ahora mismo.
Se despidieron en la puerta prometiéndose retomar el encuentro unas horas más tarde en el escondite del arroyo, bajo la luz de la luna.
Galves cerró la puerta y giró súbitamente. Corrió hasta la mesa y abrió el original de su novela. Comenzó a pasar las páginas hacia delante y hacia atrás espasmódicamente con la mirada saltando de una lectura a la siguiente. Lo cerró de un golpe, pateó la pata de la mesa, se dio vuelta y comenzó a inspeccionar toda la casa frenéticamente. Una por una abrió y cerró todas las puertas de la planta baja. Luego subió las escaleras de a dos escalones para continuar con la misma ceremonia: abría una puerta, miraba dentro de la habitación y la cerraba de inmediato para continuar con la siguiente.
Se internó en el último pasillo. Requisó sin detalle la sala de juegos, la biblioteca, el estudio, la recámara. Llegó al final. Inspeccionó con desazón el último cuarto de la casa. Cerró la puerta lentamente y apoyó la frente contra ella con los ojos muy cerrados. Martilló cuatro veces con el puño la madera tallada y gritó bien alto
—Pero ¿Cómo puedo ser tan pelotudo?
Se volteó y volvió sobre sus pasos caminando ya con dificultad. Reabrió la antepenúltima puerta. Ubicó con la mirada una repisa bajo la ventana que soportaba un majestuoso arreglo de orquídeas y helechos. Removió las flores con desdén. Sujetó el ancho florero de una porcelana purísima. Lo miró con el dolor de quien envía un hijo a la batalla. Le dio de beber sus aguas a la alfombra y allí mismo, en ese paraíso del dos mil quinientos, comprendiendo que estaría por siempre condenado a la ausencia de un retrete; con alivio y una gran resignación Galves se bajó los pantalones y desagotó sin demora sus entrañas dentro del florero.

2 comentarios:

  1. ¡LLegué!, pero aún no terminé de leer.
    Es muy interesante tu escrito, bueno cuando termine de leerlo te cuento. Saluditos.

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  2. Espero que no te decepcione el final!! Ji JI

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